miércoles, 20 de mayo de 2015

Homilías del Papa sufrimientos de los refugiados 2015-05-19

Homilías del Papa y Temas sacerdotales


   En Santa Marta el Pontífice recuerda también los sufrimientos de los rohingya en Myanmar y de los refugiados cristianos y yazidíes en Irak



2015-05-19 L’Osservatore Romano
El Papa Francisco recordó los sufrimientos de los rohingya de Myanmar, abandonados en medio del mar y rechazados, y de los refugiados cristianos y yazidíes «expulsados de sus casas» en Irak: tragedias que están sucediendo hoy ante los ojos de todos. Al celebrar la misa el martes 19 de mayo, en la capilla de la Casa Santa Marta, el Pontífice propuso una reflexión sobre el sentido último que tiene cada despedida, grande o pequeña, con la palabra «adiós» que expresa siempre un acto de confianza al Padre. Y no olvidó recordar el dolor y la preocupación de todas las mamás que ven partir a su hijo para afrontar la guerra.

Por lo demás, observó inmediatamente el Papa, «la atmósfera en estos últimos días del tiempo pascual es una atmósfera de despedida». Y «la Iglesia en la liturgia toma el discurso de Jesús en la última Cena, donde se despedía antes de la Pasión, y lo vuelve a leer: Jesús se despide para ir al Padre y mandarnos al Espíritu Santo» (Jn 17, 1-11).

Hoy, afirmó de nuevo el Papa Francisco, «esta atmósfera de despedida se concentra también en la primera lectura, una de esas hermosas páginas de los Hechos de los apóstoles: la despedida de Pablo» (20, 17-27). Él «estaba en Mileto» y «mandó a llamar a Éfeso a los ancianos de la Iglesia» para «una reunión de pequeñas iglesias, grandes como parroquias». Y así, «comienza el discurso que terminará en la liturgia de mañana, donde Pablo recuerda su trabajo, qué hizo: “No he omitido por miedo nada de cuanto os pudiera aprovechar, predicando y enseñando en público y en privado”». Por lo tanto «les recuerda cómo ha trabajado, pero no se enaltece». Es, precisamente, un recuerdo: «Esta fue mi vida entre vosotros». Luego añadió: «Y ahora, mirad, me dirijo a Jerusalén, encadenado por el Espíritu».

Pablo «se va», explicó el Papa, con «una despedida que es un poco dramática». Especifica, de hecho, que no sabe «lo que le pasará allí, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, le da testimonio de que le aguardan cadenas y tribulaciones. Pero a él no le importa la vida, sino completar la carrera y consumar el ministerio que recibió del Señor». Y «por lo tanto ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios».

Pablo, luego, «pronuncia un discurso un poco largo, fraternal, y cuando termina comienza a llorar». Y dijo: «Y ahora, mirad: sé que ninguno de vosotros volverá a ver mi rostro, pero sé también que no veré más el vuestro». Luego «todos llorando se dirigen a la playa, se arrodillan, rezan llorando y se despiden de Pablo» acompañándolo «hasta la nave».

En definitiva, resumió el Papa refiriéndose a las dos lecturas, «Jesús se despide, Pablo se despide y esto nos ayudará a reflexiónar sobre nuestras despedidas». De hecho «en nuestra vida hay tantas despedidas: hay muchas y pequeñas despedidas –se sabe que vuelvo, hoy o mañana– y hay grandes despedidas y no se sabe cómo acabará este viaje».

El Papa Francisco reconoció que hace «bien pensar en esto», porque «la vida está llena de despedidas» y «hay mucho sufrimiento, muchas lágrimas» en algunas situaciones. E invitó a pensar «en esos pobres de rohingya de Myanmar. En el momento que dejaron su tierra para huir de las persecuciones no sabían qué les ocurriría. Desde hace meses están en barcazas, allí... llegaron a una ciudad donde, tras haberles dado agua y comida, les dijeron: “iros”: es una despedida».

Y luego recordó «la despedida de los cristianos y de los yazidíes que previeron no volver a su tierra porque fueron expulsados de sus casas. ¡Hoy!».

El Pontífice recordó, por lo tanto, que «hay también pequeñas, y a su vez grandes despedidas en la vida: pienso en la despedida de la madre que dice adiós, da el último abrazo al hijo que se va a la guerra, y todos los días se levanta con el temor de que venga un oficial a anunciarle: “Agradecemos mucho la generosidad de su hijo que dio la vida por la patria”». Porque «no se sabe cuándo acabarán estas grandes despedidas». Y después «está además el último adiós, que todos debemos hacer, cuando el Señor nos llama a la otra ribera: yo pienso en esto».

«Estas grandes despedidas de la vida, también la última, no son las despedidas» las que se resuelven diciendo «hasta luego, hasta pronto, adiós». Despedidas, en definitiva, «en las que uno sabe que regresa, o inmediatamente, o después de una semana». En las grandes despediadas, en cambio, «no se sabe ni cuándo ni cómo» tendrá lugar el regreso. Y precisamente «esa última despedida la representa también el arte, en las canciones, por ejemplo». Y, a propósito, el Papa Francisco recordó el tradicional canto de los alpinos, El testamento del capitán, que cuenta «cuando ese capitán se despide de sus soldados». Así planteó esta pregunta: «¿Pienso en la gran despedida, en mi gran despedida», es decir, «no cuando debo decir “hasta luego”, “hasta pronto”, “nos vemos después”, “hasta ahora”, sino “adiós”?».

Los dos textos de la liturgia de hoy «dicen la palabra “adiós”: Pablo confía los suyos a Dios, y Jesús confía al Padre sus discípulos, que permanecen en el mundo». Pero precisamente «confiar al Padre, confiar a Dios es el origen de la palabra “adiós”». En efecto «nosotros decimos “adiós” sólamente en las grandes despedidas, ya sea en las de la vida, como en la última».

Frente a la imagen «de Pablo que llora de rodillas en la playa» y la imagen de «Jesús triste porque se dirigía a la Pasión, con sus discípulos, llorando en su corazón», el Pontífice invitó a «reflexionar sobre nosotros mismos: nos hará bien». Y a preguntarnos «¿quién será la persona que cerrará mis ojos? ¿Qué dejo?». El Papa evidenció, de hecho, que «Pablo y Jesús, los dos, en estos pasajes realizan una especie de examen de conciencia: “Yo he hecho esto, esto, esto”». De la misma manera es bueno preguntarse a uno mismo, como una especie de examen de conciencia: «¿Yo qué he hecho?». Consciente de que «me hace bien imaginarme en ese momento, que no se sabe cuándo será, en el cual el “nos vemos”, “hasta pronto”, “hasta mañana” “hasta la vista” se convertirá en un “adiós”». Y, por lo tanto, preguntó invitando de nuevo a reflexionar, «¿estoy preparado para confiar a Dios a todos los míos? ¿Para confiarme a mí mismo a Dios? ¿Para decir esa palabra que es la palabra de la confianza del hijo al Padre?».

El Papa Francisco también propuso un consejo «si tenéis un poco de tiempo hoy, y si no lo tenéis, ¡buscadlo!»: leer el capítulo 16 del Evangelio de san Juan o el capítulo 19 de los Hechos de los apóstoles, o sea «la despedida de Jesús y la despedida de Pablo». Precisamente a la luz de estos textos, es importante «pensar que un día yo también tendré que decir esa palabra: “adiós”». Sí, añadió, «a Dios confío mi alma; a Dios confío mi historia; a Dios confío a los míos; a Dios confío todo».

«Ahora —concluyó el Papa— celebremos el memorial del adiós de Jesús, de la muerte de Jesús». Y deseó «que Jesús muerto y resucitado, nos envíe el Espíritu Santo para que aprendamos esa palabra, la aprendamos a decir existencialmente, con toda su fuerza: la última palabra, “adiós”».

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