sábado, 13 de mayo de 2017

Transmissão em direto de Santuário de Fátima Oficial



Homilías del Papa y Temas sacerdotales

Canonización de los Beatos Francisco y Jacinta Marto

Blog Católico de Javier Olivares-Baiona





Canonización de los Beatos Francisco y Jacinta Marto 
en la CENTENARIO DE LAS APARICIONES
 DE NUESTRA SEÑORA EN FÁTIMA.


En el Santuario de Nuestra Señora de Fátima, en Portugal

El Papa Francisco proclama santos 
a los pastorcitos Francisco y Jacinta, videntes de Fátima

El Papa Francisco proclama santos a los pastorcitos Francisco y Jacinta, videntes de Fátima
Francisco y Jacinta, los pastorcitos de Fátima, santos

Los dos niños-pastores presenciaron, junto con su prima Lucía, en proceso de beatificación, las apariciones de la Virgen hace 100 años

Eduardo Berdejo / Aciprensa13 mayo 2017TAGS PAPA FRANCISCO


El Papa Francisco declaró santos este 13 de mayo a Francisco y Jacinta Marto, los pastorcitos videntes de Fátima, al inicio de la multitudinaria Misa que celebra en el atrio del Santuario de Nuestra Señora de Fátima, en Portugal.

De acuerdo al rito, el Santo Padre oyó atentamente la solicitud del Obispo de Leiria-Fátima, Mons. António Augusto dos Santos Marto, para que se “inscriba a los beatos Francisco Marto y Jacinta Marto en el catálogo de los santos y, como tales, sean invocados por todos los cristianos”.

Fueron testigos de seis apariciones de la Virgen
Durante la petición, el Prelado estuvo acompañado por la postuladora de la causa, la religiosa Angela Coelho. Luego leyó una breve biografía de los dos pequeños hermanos que en 1917, junto con su prima Lucía –actualmente Sierva de Dios–, fueron testigos de las seis apariciones de la Virgen María en esta localidad portuguesa.

Una imágen de la Eucaristía de canonización de los niños Francisco y Jacinto, pastorcitos de Fátima, presidida por el Papa Francisco

El Papa los declara santos
Así, luego de las letanías de los santos, el Papa procedió al recitar la fórmula de canonización: “En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y el incremento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber largamente reflexionado, implorando varias veces la ayuda divina y oído el parecer de muchos hermanos nuestros en el Episcopado, declaramos y definimos como Santos a los Beatos Francisco Marto y Jacinta Marto, y los inscribimos en el Catálogo de los Santos, estableciendo que, en toda la Iglesia, sean devotamente honrados entre los santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Tras el agradecimiento de Mons. Dos Santos Marto, y el aplauso de los miles de fieles, se inició la liturgia de la palabra.

Antes de iniciarse la Misa, la imagen de la Virgen de Fátima entró en procesión transportada por los cadetes de la Academia Militar.

Asimismo, ingresaron las dos lámparas que contienen las reliquias de Francisco y Jacinta, transportadas por la postuladora, la hermana Angela Coelho, y por el consultor de la postulación, Pedro Valinho; acompañados de unos 20 niños y adolescentes de entre 9 y 16 años.

La imagen de la Virgen y las reliquias fueron ubicados a la derecha del altar. Asimismo, la Eucaristía es concelebrada por 8 cardenales, y 73 obispos y arzobispos.

Texto completo de la homilía del Santo Padre:

«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol», dice el vidente de Patmos en el Apocalipsis (12,1), señalando además que ella estaba a punto de dar a luz a un hijo. Después, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús le dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27).

Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero… estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto.

Pero ella, previendo y advirtiéndonos sobre el peligro del infierno al que nos lleva una vida ¿a menudo propuesta e impuesta? sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, vino a recordarnos la Luz de Dios que mora en nosotros y nos cubre, porque, como hemos escuchado en la primera lectura, «fue arrebatado su hijo junto a Dios» (Ap 12,5). Y, según las palabras de Lucía, los tres privilegiados se encontraban dentro de la Luz de Dios que la Virgen irradiaba. Ella los rodeaba con el manto de Luz que Dios le había dado. Según el creer y el sentir de muchos peregrinos —por no decir de todos—, Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, «muéstranos a Jesús».

Queridos Peregrinos, tenemos una Madre. Aferrándonos a ella como hijos, vivamos de la esperanza que se apoya en Jesús, porque, como hemos escuchado en la segunda lectura, «los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo» (Rm 5,17). Cuando Jesús subió al cielo, llevó junto al Padre celeste a la humanidad ?nuestra humanidad? que había asumido en el seno de la Virgen Madre, y que nunca dejará.

Como un ancla, fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la derecha del Padre (cf. Ef 2,6). Que esta esperanza sea el impulso de nuestra vida. Una esperanza que nos sostenga siempre, hasta el último suspiro.

Con esta esperanza, nos hemos reunido aquí para dar gracias por las innumerables bendiciones que el Cielo ha derramado en estos cien años, y que han transcurrido bajo el manto de Luz que la Virgen, desde este Portugal rico en esperanza, ha extendido hasta los cuatro ángulos de la tierra. Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran.

De ahí recibían ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. La presencia divina se fue haciendo cada vez más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y en el deseo permanente de estar junto a «Jesús oculto» en el Sagrario.

En sus Memorias (III, n.6), Sor Lucía da la palabra a Jacinta, que había recibido una visión: «¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?» Gracias por haberme acompañado. No podía dejar de venir aquí para venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas. Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados. Queridos hermanos: pidamos a Dios, con la esperanza de que nos escuchen los hombres, y dirijámonos a los hombres, con la certeza de que Dios nos ayuda.

En efecto, él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al «pedir» y «exigir» de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía. No queremos ser una esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida.

«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24): lo ha dicho y lo ha hecho el Señor, que siempre nos precede. Cuando pasamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jesús, sino que ha sido él el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.


Que, con la protección de María, seamos en el mundo centinelas que sepan contemplar el verdadero rostro de Jesús Salvador, que brilla en la Pascua, y descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor.

Fátima-Leiría- Portugal, 13 de mayo del 2017.






sábado, 8 de abril de 2017

Homilía del Santo Padre Francisco, Domingo de Ramos (24 de marzo de 2013)

Homilías del Papa y Temas sacerdotales

Recordamos este año la

CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS
Y DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

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HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Plaza de San Pedro

XXVIII Jornada Mundial de la Juventud
Domingo 24 de marzo de 2013

1. Jesús entra en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos lo acompañan festivamente, se extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva un grito de alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19,38).

Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma.

Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros. Es una bella escena, llena de luz – la luz del amor de Jesús, de su corazón –, de alegría, de fiesta.

Al comienzo de la Misa, también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se ha abajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que nos ilumina en nuestro camino. Y así lo hemos acogido hoy. Y esta es la primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús.

2. Segunda palabra: ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el sentido de ver en Jesús algo más; tiene ese sentido de la fe, que dice: Éste es el Salvador. Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Y, entonces, he aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Pienso en lo que decía Benedicto XVI a los Cardenales: Vosotros sois príncipes, pero de un rey crucificado. Ese es trono de Jesús. Jesús toma sobre sí... ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que nadie puede llevárselo consigo, lo debe dejar. Mi abuela nos decía a los niños: El sudario no tiene bolsillos. Amor al dinero, al poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y también – cada uno lo sabe y lo conoce – nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte.

3. Hoy están en esta plaza tantos jóvenes: desde hace 28 años, el Domingo de Ramos es la Jornada de la Juventud. Y esta es la tercera palabra: jóvenes. Queridos jóvenes, os he visto en la procesión cuando entrabais; os imagino haciendo fiesta en torno a Jesús, agitando ramos de olivo; os imagino mientras aclamáis su nombre y expresáis la alegría de estar con él. Vosotros tenéis una parte importante en la celebración de la fe. Nos traéis la alegría de la fe y nos decís que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre: un corazón joven incluso a los setenta, ochenta años. Corazón joven. Con Cristo el corazón nunca envejece. Pero todos sabemos, y vosotros lo sabéis bien, que el Rey a quien seguimos y nos acompaña es un Rey muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz y que nos enseña a servir, a amar. Y vosotros no os avergonzáis de su cruz. Más aún, la abrazáis porque habéis comprendido que la verdadera alegría está en el don de sí mismo, en el don de sí, en salir de uno mismo, y en que él ha triunfado sobre el mal con el amor de Dios. Lleváis la cruz peregrina a través de todos los continentes, por las vías del mundo. La lleváis respondiendo a la invitación de Jesús: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19), que es el tema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año. La lleváis para decir a todos que, en la cruz, Jesús ha derribado el muro de la enemistad, que separa a los hombres y a los pueblos, y ha traído la reconciliación y la paz. Queridos amigos, también yo me pongo en camino con vosotros, desde hoy, sobre las huellas del beato Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ahora estamos ya cerca de la próxima etapa de esta gran peregrinación de la cruz de Cristo. Aguardo con alegría el próximo mes de julio, en Río de Janeiro. Os doy cita en aquella gran ciudad de Brasil. Preparaos bien, sobre todo espiritualmente en vuestras comunidades, para que este encuentro sea un signo de fe para el mundo entero. Los jóvenes deben decir al mundo: Es bueno seguir a Jesús; es bueno ir con Jesús; es bueno el mensaje de Jesús; es bueno salir de uno mismo, a las periferias del mundo y de la existencia, para llevar a Jesús. Tres palabras: alegría, cruz, jóvenes.

Pidamos la intercesión de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida. Que así sea.

lunes, 20 de marzo de 2017

Padre, ¿alguna vez te enamoraste?

Homilías del Papa y Temas sacerdotales


 OPINIÓN
Padre, ¿alguna vez te enamoraste?
Escrito por el Pbro. Leandro Bonnin
 Marzo 17, 2017

ordenacion-sacerdotal
Casi nunca nos preguntan a nosotros,  a los que hemos optado por el celibato, ni suele oírse la voz de un cura que esté encantado con su vida célibe

Cada tanto, el tema del Celibato sacerdotal se pone “de moda”, ya sea en ambientes eclesiales o en otros más mundanos, a tal punto que incluso en los sitios webs de los diarios, en los programas televisivos de chimentos o en los matutinos radiales se habla de él.

Para abordar la cuestión, suelen llamar a muchos para opinar: a psicólogos, a sociólogos, a historiadores de las religiones, a ex-sacerdotes, sin que falte la opinión de las vedettes de turno o del presentador del programa… Pero casi nunca nos preguntan a nosotros,  a los que hemos optado por el celibato, ni suele oírse la voz de un cura que esté encantado con su vida célibe.

Por este motivo, muchos cristianos, incluso con cierta formación, desarrollan ideas equivocadas sobre el celibato sacerdotal. Llegan a ver en el mismo únicamente una norma eclesiástica que se impone desde afuera, una prohibición, una censura a lo más normal para un hombre, para un varón. ¿Qué tiene de malo el amor? ¿Acaso no es el centro de mensaje cristiano? En la mente de muchos aparece asociada la palabra “celibato” a “negación del amor”. “Prohibido amar”.

Dado este contexto, no es extraño que sobre todo los niños y los jóvenes, cuando tienen oportunidad y con su habitual desparpajo, nos planteen su interés del siguiente modo: ¿qué pasa si te enamorás? O, incluso, ¿alguna vez te enamoraste?

Los documentos de la Iglesia han mostrado con belleza y profundidad la falacia de oponer celibato y amor. Yo, con el paso de los años, he ido encontrando mi propia respuesta, que se ha hecho más y más clara y que hoy creo poder expresar con más soltura y hasta con cierta elegancia.

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Es la respuesta que comparto aquí, y que estoy seguro puede ser asumida por cientos de miles de curas y religiosas. Lo cuento más o menos así:

Desde niño siempre soñé con encontrar y tener:

a) Una hermosa y buena esposa a quien amar para toda la vida.

b) Muchos, muchos hijos a quienes querer y ayudar a ser felices.

En definitiva: soñaba con una familia, fundada en un amor definitivo, perpetuo.

Pero entonces, ¿por qué me “metí de cura”, en esta institución en la que “no te dejan casarte”?

Me “metí de cura”, y elegí ser célibe, por una única razón: por el llamado de Jesús.

Porque el día en que supe que tenía que ser sacerdote, en ese preciso momento, supe también que Jesús quería que le entregara toda mi vida, todo lo que soy, todo mi futuro, todos mis sueños. Y esto, no por un tiempo, sino para siempre.

Yo no soy célibe, entonces, porque “la Iglesia no me deja casarme”.

Ni mucho menos me metí de cura porque no me “gustaban las mujeres”, o porque “me dejó una novia”, o porque “nadie me daba ni la hora”

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No. Me “metí de cura” por AMOR. Porque descubrí que un Amor infinito me precedía, y ese Amor conquistó mi pobre corazón humano. Me enamoré del amor, y elegí -decidí- amar con la totalidad.

Por eso entré en el Seminario -con certezas firmes, que se fueron iluminando cada vez más y solidificando mejor-, y por eso, día tras día, volví a elegir lo mismo que el primer día.

En el Seminario, lejos de presentarnos una realidad ficticia, de ocultarnos las posibles dificultades, o hablarnos mal del matrimonio y de la familia -todo lo contrario-, me dijeron bien clarito, una y otra vez: “el Celibato es un don maravilloso, pero también es exigente. Si estás seguro, adelante. Pero si no estás seguro, estás a tiempo“

Me enseñaron que para ser feliz siendo célibe (porque no se trata de aguantar, sino de ser plenos) debía cuidar mi amor por el Señor. Que si mi amor por Jesucristo se mantenía vivo -como en un matrimonio-, si permanecía enamorado de Él, podía ser enormemente feliz, incluso teniendo que renunciar a grandes bienes.

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Me enseñaron -y acá viene lo más paradójico y maravilloso de la vida célibe, lo que yo al principio no había imaginado y hoy disfruto- que si vivía mi celibato como expresión de amor, si me abría a la acción de la Gracia y del llamado que se perpetúa en el tiempo, se iban a colmar de modo sobreabundante todos mis anhelos:

a) Iba a ser, verdaderamente esposo, como Jesús es esposo de la Iglesia.

b) Iba a ser, verdaderamente padre, de muchos, muchísimos hijos, a quienes querer y ayudar a ser felices.

Iba a tener una gran familia, fundada en un amor definitivo.

Y así lo vivo hoy.

Con la certeza de que no me “vendieron un buzón“, ni me “metieron el perro“, diciéndome vaguedades o con falsos misticismos.

Pero todo es cuestión de Amor. En los días de mi sacerdocio donde el amor por Jesús y mi intimidad con Él han permanecido fuertes, el gozo es inabarcable. Increíble e inexpresablemente intenso. Una alegría del Cielo, como sugiere la etimología de “celibato”

Y sólo en los días donde yo no supe ser perseverante en la búsqueda de su Rostro, donde me aislé de la Gracia, donde anduve sin poner mi norte y mi rumbo en Él, apareció la tristeza, como aparece en un hombre casado cuando va descuidando el amor por su cónyuge.

Por eso las personas célibes, en la medida en que podemos vivir de este modo, no somos “dignas de lástima”. No somos “pobrecitos” de la vida, ni fracasados existenciales.

No somos más que una persona casada, pero tampoco menos, porque el más o el menos no se mide por el estado de vida ni por la vocación, sino por la Fidelidad.

Pero quizá alguno dirá: ¿no hace el celibato incompleta la vida de una persona? ¿Cómo se puede ser padre, ser pastor, se maestro, permaneciendo “fuera” de experiencias tan esenciales de la vida como son el matrimonio y la familia?

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El tiempo y la vida pastoral me han demostrado que el celibato, lejos de alejarme de la realidad de las personas o de impedirme conocerla y comprenderla, me permite observarla y abordarla desde un ángulo y con un enfoque enormemente enriquecedor. Es cierto que esto lleva algunos años de escucha y estudio que exceden los del Seminario, pero finalmente puedo decir que en muchas ocasiones me puedo sentir un “experto en humanidad” y con una mirada sobre la realidad humana mucho más realista. La vivencia del celibato acarrea consigo en la mayoría de las ocasiones una apertura del corazón por parte de los fieles más sincera, más espontánea y más fecunda que si no lo fuera.

Por el gran don del celibato al que fui llamado, por tanta alegría escondida y misteriosa fluyendo de esta fuente, hoy quiero nuevamente dar gracias al Señor. Y quiero darle gracias a Dios por su Fidelidad, en la cual mi fidelidad y la fidelidad de todos los consagrados es posible.

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Y dar gracias también a tantos consagrados y sacerdotes que me han mostrado, mucho antes de que yo fuera capaz de darme cuenta, que hay una felicidad infinita en ser totalmente del Señor.

Con María, como María, desde el Corazón Inmaculado de María.



FUENTE: infocatolica.com
AUTOR: Leandro Bonnin

Sacerdote de la Arquidiócesis de Paraná, Argentina, actualmente sirviendo a la diócesis de San Roque (Chaco)
Fue profesor de Liturgia y participó de la Junta de Educación Católica. Autor de algunos libros, entre ellos “7 canastas. Catequesis sobre la Santa Misa” y “24 Horas Santas con María”.

Puedes ponerte en contacto a través de correo  leandrobonnin@yahoo.com.ar o en

Confeccionado por Franja.





viernes, 3 de marzo de 2017

Encuentro cuaresmal del Papa Francisco con los párrocos de Roma

Homilías del Papa y Temas sacerdotales

Encuentro cuaresmal del Papa Francisco con los párrocos de Roma

En la Catedral de Roma, el encuentro del Papa Francisco con los párrocos de su Diócesis

En la Catedral de Roma, el encuentro del Papa Francisco con los párrocos de su Diócesis - ANSA
02/03/2017 13:20SHARE:

(RV).- El Papa Francisco fue a la Basílica Papal de San Juan de Letrán, Catedral de Roma, para el tradicional encuentro con los párrocos de la Diócesis del Papa, el jueves después del Miércoles de Ceniza, encuentro que comenzó confesando a algunos párrocos.
Aumentar nuestra fe y perseverar en ella, gracias a la Palabra de Dios y por medio de la caridad: memoria, esperanza y discernimiento, son algunos de los puntos que destacó el Papa en su meditación titulada: «El progreso de la fe en la vida del sacerdote».
«¡Señor: auméntanos la fe!» (Lc 17,5) Éste fue el ruego espontáneo de los discípulos, que surgió cuando el Señor les hablaba de la misericordia y él les dijo que debemos perdonar setenta veces siete», recordó el Papa Francisco:
«‘Auméntanos la fe’, pedimos también nosotros al comienzo de esta conversación. Lo hacemos con la sencillez del Catecismo, que dice: Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que nos la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe «actuar por la caridad» (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia» (n. 162).
«Me ayuda apoyarme en tres puntos firmes: la memoria, la esperanza y el discernimiento del momento», subrayó el Papa, destacando luego que «la memoria, como dice el Catecismo, se arraiga en la fe de la Iglesia, en la fe de nuestros padres; la esperanza es lo que nos sostiene en la fe; y el discernimiento del momento, lo tengo presente en el momento de actuar, de poner en práctica aquella ‘fe que debe actuar por la caridad’»:
El Obispo de Roma explicó los pasos de su meditación:
«Dispongo de una promesa – siempre es importante recordar la promesa del Señor que me ha puesto en camino - .
Estoy en camino – tengo esperanza - : la esperanza me indica el horizonte, me guía: es la estrella y es también lo que sostiene, es el ancla, anclada en Cristo.
Y, en el momento específico, en cada encrucijada debo discernir un bien concreto, el paso adelante en el amor que puedo dar, y también el modo en el que el Señor quiere que lo cumpla».
Hacer memoria fue el primer punto que señaló el Papa:
«Hacer memoria de las gracias pasadas confiere a nuestra fe la solidez de la encarnación; la coloca en el interior de una historia, la historia de la fe de nuestros padres que ‘murieron en la fe, sin alcanzar el cumplimiento de las promesas: las vieron y las saludaron de lejos’ (Heb 11,13)»
Luego, el Santo Padre destacó la importancia de la esperanza
«La esperanza, por su parte es la que abre la fe a las sorpresas de Dios. Nuestro Dios es siempre más grande que todo lo que podemos pensar e imaginar sobre Él, sobre lo que le pertenece y sobre su modo de actuar en la historia. La apertura a la esperanza confiere a nuestra fe frescor y horizonte».
Y, por último el discernimiento:
«El discernimiento, en fin, concretiza la fe, es lo que la hace obrar por la caridad, lo que nos permite dar un testimonio creíble: ‘Por medio de las obras, te demostraré mi fe’ (Stgo 2,18)
Con estas tres cosas vamos adelante: memoria, esperanza, discernimiento del momento presente».

martes, 14 de febrero de 2017

Homilía del Papa: Cirilo y Metodio heraldos del Evangelio,

Homilías del Papa y Temas sacerdotales

Homilía del Papa: Cirilo y Metodio heraldos del Evangelio con coraje, oración y humildad

El Papa Francisco celebra la Misa matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta

El Papa Francisco celebra la Misa matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta

14/02/2017 12:51SHARE:
Con coraje, en oración y humildes: es la verdadera misionariedad de la Iglesia y los grandes heraldos


(RV).- «El verdadero predicador es el que sabe que es débil. Como cordero en medio de lobos: el Señor lo protegerá», señaló el Papa Francisco, en su homilía en la Misa matutina, en la capilla de la Casa de Santa Marta. En la fiesta de los Santos Cirilo y Metodio, Patronos de Europa, y con la Palabra de Dios del martes de la VI semana del Tiempo Ordinario, el Obispo de Roma hizo hincapié en que «el que está enviado a proclamar la Palabra debe hacerlo con franqueza y coraje, con la fuerza de la oración y con humildad».

Se necesitan «sembradores de la Palabra», «misioneros, verdaderos heraldos» para formar al pueblo de Dios, como fueron Cirilo y Metodio,  hermanos intrépidos y testimonios de Dios, que hicieron «más fuerte a Europa», de la que son Patronos. El Santo Padre, reflexionó sobre la primera lectura, evocando las figuras de Pablo y Bernabé, y sobre Evangelio de Lucas, evocando a los ‘setenta y dos discípulos enviados por el Señor, de dos en dos’

La Palabra de Dios no es una propuesta, se necesita coraje para hacer que penetre

El Papa Francisco subrayó la importancia de la franqueza, que incluye fuerza y coraje:

«La Palabra de Dios no se puede presentar como una propuesta –‘…, si te gusta… - o como una idea filosófica o moral, buena - … puedes vivir así…’. No. Es otra cosa. Se debe proponer con franqueza, con esa fuerza que la haga penetrar, como dice el mismo Pablo, hasta los huesos. La Palabra de Dios se debe anunciar con franqueza, con esta fuerza… con coraje. La persona que tiene coraje – coraje espiritual, coraje en el  corazón, que no está enamorada de Jesús, ¡de allí viene el coraje! -   ¿no? , dirá sí, algo interesante, algo moral, algo que hará bien, un bien filantrópico, pero allí no está la Palabra de Dios. Y esa palabra es incapaz de formar al pueblo de Dios. Sólo la Palabra de Dios proclamada con esta franqueza, con este coraje, es capaz de formar al pueblo de Dios».

Sin oración la Palabra de Dios se vuelve una conferencia

Con el capítulo 10 del Evangelio de Lucas, el Santo Padre señaló dos rasgos importantes en un ‘heraldo’ de la Palabra de Dios. Un Evangelio «un poco raro», dijo el Papa, citando la riqueza de elementos relacionados con el anuncio. «La mies es abundante y los obreros son pocos. Rueguen para que el Señor de la mies envíe obreros a su mies»… así, además del coraje, los misioneros necesitan «oración»:

«La Palabra de Dios se debe proclamar también con la oración. Siempre. Sin oración, podrá dar una linda conferencia, una linda instrucción: buena, buena.. Pero no es la Palabra de Dios. Sólo de un corazón en oración puede salir la Palabra de Dios. La oración, para que el Señor acompañe este sembrar la Palabra, para que el señor riegue la semilla para que germine la Palabra. La Palabra de Dios hay que proclamarla con la oración: la oración del que anuncia la Palabra de Dios».

El verdadero predicador tiene que ser humilde, de otro modo acaba mal
El Papa recordó la importancia de la humildad:
«El verdadero predicador es el que sabe que es débil, que sabe que no se puede defender solo. ‘Tú anda como un cordero en medio de lobos’… ‘Pero, Señor,  ¿para que me coman?... ‘¡Tú anda! ¡Éste es el camino!’. Y creo que es Crisóstomo el que hace una reflexión muy profunda, cuando die: ‘Pero si tú no vas como cordero, y vas como lobo en medio de lobos, el Señor no te protege: defiéndete solo’. Cuando el predicador se cree demasiado inteligente o cuando el que tiene la responsabilidad de llevar adelante la Palabra de Dios quiere hacerse el vivo: ‘¡Ah, yo me las arreglo con esa gente!’, entonces acabará mal. O negociará la Palabra de Dios con los potentes, los soberbios…»

Por lo tanto, «ésta es la misionariedad de la Iglesia y los grandes heraldos que han sembrado y han ayudado a crecer a las Iglesias en el mundo, han sido hombres con coraje, oración y humildad», concluyó Papa invocando la ayuda de los «Santos Cirilo y Metodio para proclamar la Palabra de Dios según estos criterios, como hicieron ellos»
(CdM – RV)

sábado, 11 de febrero de 2017

Homilía del Papa: En la tentación no se dialoga, se reza

Homilías del Papa y Temas sacerdotales


Francisco \ Misa en Santa Marta
Homilía del Papa: En la tentación no se dialoga, se reza


El Santo Padre Francisco celebra la Misa matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta. - ANSA

10/02/2017 12:21SHARE:

(RV).- En  la debilidad de las tentaciones, que “todos” tenemos, la gracia de Jesús nos ayuda a no escondernos del Señor, sino a pedir perdón para levantarnos e ir adelante. Lo afirmó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, en que reflexionó acerca del diablo que tienta tanto a Adán como a Eva, y también al Señor. Sin embargo, el Pontífice recordó que con Satanás no se dialoga, porque se termina en el pecado, en la culpa y en la corrupción. Lo que hay que hacer –  dijo – es seguir la Palabra de Dios.

El diablo embauca con el diálogo
Las tentaciones llevan a escondernos del Señor, permaneciendo con nuestra “culpa”, con nuestro “pecado”, con nuestra “corrupción”. Partiendo de la primera lectura del día, tomada del Libro del Génesis, el Papa Bergoglio se detuvo sobre la tentación de Adán y Eva, y después sobre la de Jesús en el desierto.

Es el diablo – explicó el Obispo de Roma – “el que se hace ver en forma de serpiente”. Es “atrayente” –  dijo – y con su astucia trata de “engañar”, es un “especialista” en esto, es el “padre de la mentira”, es un “mentiroso”. Sabe cómo engañar y cómo “estafar” a la gente. Lo hace con Eva: la hace “sentir bien” – prosiguió diciendo Francisco –  y así comienza el “diálogo” y “paso tras paso”, Satanás la conduce hacia donde él quiere.

En cambio con Jesús es diferente, para el diablo “termina mal”, recordó el Papa. Y añadió: “Trata de dialogar” con Cristo, porque “cuando el diablo enreda a una persona lo hace con el diálogo”, trata de engañarlo, pero Jesús no cede. Y el diablo se revela por lo que es, pero Jesús da una respuesta “que no es suya”, es la Palabra de Dios, porque “con el diablo no se puede dialogar”, de lo contrario se termina como Adán y Eva, “desnudos”.

“El diablo es un mal pagador, ¡no paga bien! ¡Es un estafador! Te promete todo y de deja desnudo. También Jesús terminó desnudo, pero en la cruz, por obediencia al Padre. Otro camino... La serpiente, el diablo es astuto: no se puede dialogar con el diablo. Todos nosotros sabemos lo que son las tentaciones, todos lo sabemos, porque todos las tenemos. Tantas tentaciones de vanidad, de soberbia, de avidez, de avaricia… Tantas”.

La corrupción comienza con poco
Hoy – añadió textualmente el Santo Padre – se habla tanto de corrupción. Y también por esto se debe pedir ayuda al Señor:

“Tantos corruptos, tantos peces gordos corruptos que hay en el mundo de los cuales conocemos la vida por los periódicos: quizás hayan comenzado con una pequeña cosa, no sé, para no ajustar bien el balance y aquello que era un kilo: no, hagamos 900 gramos pero que  parezca un kilo. La corrupción comienza con poco, como esto, con el diálogo: ‘Pero no, ¡no es verdad que te hará mal este fruto! ¡Cómelo, es bueno! Es poca cosa, nadie se da cuenta. ¡Hazlo, hazlo!’. Y poco a poco, poco a poco, se cae en el pecado, se cae en la corrupción”.

En la tentación no se dialoga, se reza al Señor
Hacia el final de su homilía el Papa dijo que la Iglesia nos enseña a “no ser ingenuos”, por no decir “tontos”. De modo que hay que tener “los ojos abiertos”, y debemos pedir ayuda al Señor  “porque solos no podemos”. Adán y Eva se “esconden” del Señor: en cambio, se necesita la gracia de Jesús para “volver y pedir perdón”. Y concluyó diciendo:

“En la tentación no se dialoga, se reza: ‘Ayúdame, Señor, soy débil. No quiero esconderme de ti’. Esto es valor, esto es vencer. Cuando tú comienzas a dialogar terminarás vencido, derrotado.

 Que el Señor nos dé la gracia y nos acompañe en este coraje. Y si somos engañados por nuestra debilidad en la tentación, que nos dé el coraje de levantarnos y de ir adelante. Para esto ha venido Jesús, para esto”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).

sábado, 28 de enero de 2017

Papa: fidelidad y abandono en la Vida Consagrada, 28-01-2017

Homilías del Papa y Temas sacerdotales


Papa: fidelidad y abandono en la Vida Consagrada

Aliento del Papa Francisco ante dificultades en la Vida Consagrada: testimoniar a Cristo, irradiar su alegría, evangelizar sociedad, cultura y juventud - REUTERS


28/01/2017 12:23SHARE:

Centralidad y testimonio de Cristo, irradiar su esperanza y alegría y dejarse evangelizar, para evangelizar a la sociedad, a la cultura, a la juventud

 (RV).- Con su cordial bienvenida a los participantes en la plenaria de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el Papa Francisco expresó su aprecio por el trabajo que realizan al servicio de la vida consagrada en la Iglesia y destacó la importancia del tema – fidelidad y abandono -  que eligieron para reflexionar sobre las dificultades del momento presente:

«El tema que han elegido es importante. Podemos decir que, en este momento, la fidelidad es puesta a prueba; lo demuestran las estadísticas que han examinado. Estamos ante una ‘hemorragia’ que debilita la vida consagrada y la vida de la misma Iglesia. El abandono en la vida consagrada nos preocupa. Es verdad, que algunos dejan por un acto de coherencia, porque reconocen, después de un discernimiento serio, que nunca tuvieron la vocación; pero, otros con el pasar del tiempo faltan a la fidelidad, muchas veces sólo pocos años después de la profesión perpetua ¿Qué ha sucedido?».

Son «numerosos los «factores que condicionan la fidelidad -  en éste que es un cambio de época y no sólo una época de cambio, en el que resulta difícil asumir compromisos serios y definitivos» señaló  el Santo Padre, reflexionando, en particular, sobre tres de ellos: el contexto social y cultural, el mundo juvenil y las situaciones de contra-testimonio en la vida consagrada.

Empezando por el primer factor, «que no ayuda a mantener la fidelidad», es decir, el de la actualidad social y cultural, el Obispo de Roma señaló que impulsa lo provisorio, que puede conducir al vivir a la carta y a ser esclavos de las modas, alimentando el consumismo, que olvida la belleza de la vida sencilla y austera, y que provoca un gran vacío existencial, con un fuerte relativismo, con valores ajenos al Evangelio:

«Vivimos en una sociedad donde las reglas económicas sustituyen las reglas morales, dictan leyes e imponen sus propios sistemas de referencia en detrimento de los valores de la vida; una sociedad donde la dictadura del dinero y del provecho propugna una visión de la existencia que descarta al que no rinde. En esta situación, está claro que uno debe dejarse evangelizar antes, para luego comprometerse en la evangelización».
En el segundo punto dedicado al mundo juvenil, recordando que no faltan jóvenes generosos, solidarios y comprometidos en ámbito religioso y social, el Papa se refirió asimismo a los desafíos que afronta la juventud y alentó a contagiar la alegría del Evangelio:
«Hay jóvenes maravillosos y no son pocos. Pero, también entre los jóvenes hay muchas víctimas de la lógica de la mundanidad, que se puede sintetizar así: búsqueda de éxito a cualquier precio, del dinero fácil y del placer fácil. Esta lógica seduce también a muchos jóvenes. Nuestro compromiso no puede ser otro que el de estar a su lado, para contagiarlos con la alegría del Evangelio y de la pertenencia a Cristo. Hay que evangelizar esa cultura si queremos que los jóvenes no sucumban».

En el tercer factor, «que proviene del interior de la vida consagrada, donde al lado de tanta santidad no faltan situaciones de contra-testimonio», el Santo Padre reiteró la centralidad de Jesús, en la misión profética de los consagrados:

«Si la vida consagrada quiere mantener su misión profética y su fascinación y  seguir siendo escuela de fidelidad para los cercanos y los lejanos (cfr Ef 2,17) debe mantener el frescor y la novedad de la centralidad de Jesús, la atractiva de la espiritualidad y la fuerza de la misión, mostrar la belleza del seguimiento de Cristo e irradiar esperanza y alegría».
En su denso discurso, el Papa puso de relieve asimismo la importancia de la vida fraterna en la comunidad, alimentada en la oración, la Palabra, los Sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación. Sin olvidar, la cercanía a los pobres y la misión en las periferias existenciales, contemplando siempre al Señor y caminando según el Evangelio y alentando la preparación de acompañadores cualificados en la vida consagrada y el discernimiento.
(CdM – RV)

viernes, 20 de enero de 2017

Homilía del papa en Santa Marta Jueves, 19 de enero de 2017

Homilías del Papa y Temas sacerdotales

Homilía del papa Francisco en Santa Marta

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Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Jueves, 19 de enero de 2017

Jesús y la gente. El Evangelio de hoy narra la muchedumbre que seguía a Jesús con entusiasmo y que venía de todas partes. ¿Por qué venía esa gente? El Evangelio cuenta que había enfermos que querían curarse. Pero también había personas a las que les gustaba escuchar a Jesús, porque hablaba no como sus doctores, sino con autoridad, y eso tocaba el corazón. Esa gente venía espontáneamente, no la llevaban en autobuses, como hemos visto tantas veces cuando se organizan manifestaciones y muchos tienen que ir para demostrar su presencia, y no perder luego el puesto de trabajo.

Esa gente iba porque sentía algo, hasta el punto de que Jesús tuvo que pedir una barca y alejarse un poco de la orilla. ¿Esa muchedumbre iba a Jesús? ¡Sí! ¿Tenía necesidad? ¡Sí! Algunos eran curiosos, pero esos eran los ascéticos, la minoría… Iba porque a esa gente la atraía el Padre: era el Padre quien atraía a la gente a Jesús. Y Jesús no se queda indiferente, como un maestro estático que decía sus palabras y luego se lavaba las manos. ¡No! Esa muchedumbre tocaba el corazón de Jesús. El mismo Evangelio nos dice que Jesús se conmovió, porque veía a esa gente como ovejas sin pastor. Y el Padre, a través del Espíritu Santo, atrae a la gente a Jesús. No son los argumentos apologéticos los que mueven a las personas. No, es necesario que sea el Padre quien atraiga a Jesús.

Por otro lado, es curioso que este pasaje del Evangelio de Marcos en el que se habla de Jesús, se habla de la muchedumbre, del entusiasmo y del amor del Señor, acabe con los espíritus impuros que, cuando lo veían, gritaban: ¡Tú eres el Hijo de Dios! Esa es la verdad; eso es lo que cada uno siente cuando se acerca Jesús. Los espíritus impuros intentan impedirlo, nos hacen la guerra. Pero, Padre, yo soy muy católico; voy siempre a Misa… Nunca jamás tengo esas tentaciones. ¡Gracias a Dios, no! ¡Pues reza, porque estás en una senda equivocada! Una vida cristiana sin tentaciones no es cristiana: es ideológica, es gnóstica, pero no es cristiana. ¡Cuando el Padre atrae a la gente a Jesús, hay otro que tira en sentido contrario y te hace la guerra por dentro! Por eso Pablo habla de la vida cristiana como de una lucha: la lucha de todos los días. Una lucha para vencer, para destruir el imperio de satanás, el imperio del mal. Y para eso vino Jesús, ¡para destruir a satanás!, para destruir su influjo sobre nuestros corazones. El Padre atrae a la gente a Jesús, mientras el espíritu del mal intenta destruir, siempre.

La vida cristiana es una lucha: o te dejas atraer por Jesús por medio del Padre o puedes decir me quedo tranquilo, en paz. ¡Si quieres avanzar tienes que luchar! Sentir el corazón que lucha, para que venza Jesús. Pensemos cómo es nuestro corazón: ¿siento esa lucha en mi corazón? Entre la comodidad o el servicio a los demás, entre divertirme un poco o hacer oración y adorar al Padre, entre una cosa y la otra, ¿siento la lucha, las ganas de hacer el bien, o algo me para, me vuelve ascético? ¿Creo que mi vida conmueve el corazón de Jesús? Si no lo creo, tengo que rezar mucho para creerlo, para que se me sé esa gracia. Cada uno que busque en su corazón cómo va la situación ahí. Pidamos al Señor ser cristianos que sepan discernir qué pasa en su corazón y elegir bien la senda por la que el Padre nos atrae a Jesús.