martes, 14 de octubre de 2014

Homilías del Papa. 2014-10-(Días, 12, 13 y 14)

Temas sacerdotales y Homilías del Papa.



"La Iglesia si se detiene y se cierra, se enferma",
el Papa en la Santa Misa
2014-10-12 Radio Vaticana

(RV).- “Los misioneros recibieron la llamada, salieron a llamar a todos en los cruces del mundo; y así han hecho tanto bien a la Iglesia”, son palabras del Papa Francisco durante su homilía en la Santa Misa de agradecimiento por las canonizaciones equivalentes, celebradas el pasado 3 de abril, de dos nuevos santos de la Iglesia: la hermana María de la Encarnación (1599-1672), fundadora del convento de las ursulinas en Quebec, y Francisco de Laval (1623-1708), primer obispo canadiense y fundador del seminario de Quebec.

El Papa recordó que “la Iglesia si se detiene y se cierra se enferma, se puede corromper, ya sea con pecados que con la falsa ciencia separada de Dios, que es el secularismo mundano”. El obispo de Roma explica a los fieles que los misioneros no se quedan con la gracia de Dios para sí mismos, todo lo contrario, con la fuerza de Dios “tuvieron el coraje de salir por las calles del mundo con confianza en el Señor que llama”. Resaltando la imagen de los dos nuevos santos, el también Obispo de Roma, recordó que “la misión evangelizadora de la Iglesia es esencialmente el anuncio del amor, de la misericordia y del perdón de Dios, revelado a los hombres a través de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo”.

El Santo Padre dio dos consejos tomados de la Carta de los Hebreros a los fieles canadiendes: «Acuérdense de quienes los dirigían, ellos les transmitieron la Palabra de Dios; miren cómo acabaron sus vidas e imiten su fe» , y el segundo «Recuerden los primeros días, cuando, recién iluminados, sostuvieron el duro combate de los padecimientos…por tanto, no pierdan la confianza que ella les traerá una gran recompensa. A ustedes les hace falta sólo la perseverancia…»
(MZ-RV)

Voz del Papa: 
Texto completo de la homilía de Papa Francisco:
Hemos escuchado la profecía de Isaías: “El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros ...” (Is. 25,8). Estas palabras, llenas de la esperanza de Dios, indican la meta, muestran el futuro hacia el cual nos dirigimos. En este camino los santos nos preceden y nos guían. Estas palabras también delinean la vocación de los hombres y mujeres misioneros.

Los misioneros son aquellos que, dóciles al Espíritu Santo, tienen el valor de vivir el Evangelio. También este Evangelio que acabamos de escuchar: “Vayan a los cruces de caminos” dijo el rey a sus siervos (Mt 22,9). Así que los siervos salieron y reunieron a todos los que encontraron, “buenos y malos”, para llevarlos al banquete nupcial del rey (cf.v. 10).

Los misioneros acogieron esta llamada: salieron a llamar a todos, en los cruces del mundo; y así hicieron tanto bien a la Iglesia, porque si la Iglesia se detiene y se cierra se enferma, se puede corromper, ya sea con pecados que con la falsa ciencia separada de Dios, que es el secularismo mundano.

Los misioneros han dirigido la mirada a Cristo crucificado, han acogido su gracia y no la han tenido para sí mismos. Como San Pablo, se han hecho todo para todos; han sabido vivir en la pobreza y en la abundancia, en la saciedad y el hambre; pudieron todo en Aquel que les daba fuerzas (cf. Fil 4,12-13). Y con esta fuerza de Dios, tuvieron el coraje de “salir” por las calles del mundo con la confianza en el Señor que llama. Así es la vida de un misionero, de una misionera. Y luego, para terminar lejos de casa, lejos de su patria; tantas veces muertos, ¡asesinados! Como ha sucedido en estos días, con tantos hermanos y hermanas nuestros.

La misión evangelizadora de la Iglesia es esencialmente anuncio del amor, de la misericordia y el perdón de Dios, revelado a los hombres a través de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Los misioneros han servido a la misión de la Iglesia, partiendo a los más pequeños y a los más distantes el pan de la Palabra y llevando a todos el don del amor inagotable que brota del corazón mismo del Salvador.
Así eran San Francisco de Laval y Santa María de la Encarnación. Quisiera dejarles a ustedes, queridos peregrinos canadienses, en este día, dos consejos: son tomados de la Carta a los Hebreos, pero pensando en los misioneros harán tanto bien a sus comunidades.

El primero es éste, así dice la palabra de Dios: “Acuérdense de quienes los dirigían, ellos les transmitieron la Palabra de Dios; miren cómo acabaron sus vidas e imiten su fe” (13.7). La memoria de los misioneros nos sostiene cuando experimentamos la escasez de trabajadores del Evangelio. Sus ejemplos nos atraen, nos empujan a imitar su fe. ¡Son testimonios fecundos que generan vida!

El segundo es éste: “Recuerden los primeros días, cuando, recién iluminados, sostuvieron el duro combate de los padecimientos…por tanto, no pierdan la confianza que ella les traerá una gran recompensa. A ustedes les hace falta sólo la perseverancia…” (10,32.35-36). Rendir homenaje a los que sufrieron para traernos el Evangelio significa llevar hacia adelante también nosotros la buena batalla de la fe, con humildad, mansedumbre y misericordia, en la vida cotidiana. Y esto da fruto. Memoria de aquellos que nos han precedido, de aquellos que han fundado nuestra Iglesia. ¡Iglesia fecunda la de Quebec! Fecunda en tantos misioneros, que han ido por todos lados. El mundo ha sido llenado de misioneros canadienses, como estos dos. Ahora el consejo: que esta memoria no nos lleve a abandonar la franqueza. ¡No abandonar el coraje! Tal vez… No, no tal vez, es verdad: el diablo es el envidioso y no tolera que una tierra sea así fecunda en misioneros. La oración al Señor para que Quebec regrese sobre este camino de la fecundidad, de dar al mundo tantos misioneros. Y estos dos que han - por así decir– fundado la Iglesia del Quebec nos ayuden como intercesores; que la semilla que ellos han sembrado crezca y de fruto de nuevos hombres y mujeres valientes, de gran previsión, con el corazón abierto a la llamada del Señor. ¡Hoy se debe pedir esto por su patria! Y ellos desde el cielo serán nuestros intercesores. Que Quebec vuelva a ser aquella fuente de buenos y santos misioneros.

Esa es la alegría y la entrega de ésta, su peregrinación: hacer memoria de los testigos, de los misioneros de la fe en su tierra. Esta memoria nos sostiene siempre en el camino hacia el futuro, hacia la meta, cuando “el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros…”.
“¡Alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”. (Isaías 25,9).
(Traducción del italiano: Griselda Mutual, RV)

El cardenal Cypien Lacroix, arzobispo de Quebec y Primado de Canadá, agradeció al Papa al final de la misa, el don que les ha dado de tener dos nuevos santos: la hermana María de la Encarnación (1599-1672), fundadora del convento de las ursulinas en Quebec, y a Francisco de Laval (1623-1708), primer obispo canadiense y fundador del seminario de Quebec.El cardenal aseguró que ha hecho una peregrinación por los países de estos “dos gigantes de la fe y de la vida misionera”, y éste recorrido acaba en Roma para poder estar con el Santo Padre para expresarle su deseo de “responder al llamamiento misionero para evangelizar el mundo de nuestro tiempo”.

El arzobispo ha recordado un fragmento de la exhortación apostólica de Papa Francisco diciendo “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”, y por ello vuelve a nombrar a los dos nuevos santos recordando que ellos fueron dos testimonios elocuentes. (MZ-RV)


 

No permanecer cerrados en los propios sistemas,
sino abrirse a las sorpresas de Dios, 
pidió el Papa
2014-10-13 Radio Vaticana
Homilía de la misa matutina en Santa Marta

(RV).-  Abrirse a las sorpresas de Dios y no cerrarse ante los signos de los tiempos. Es cuanto afirmó el Papa en su homilía de la Misa matutina presidida en la capilla de la Casa de Santa Marta. Al comentar las palabras de Jesús a los doctores de la ley, Francisco exhortó a los fieles a no permanecer sujetos a sus propias ideas, sino a caminar con el Señor, encontrando siempre cosas nuevas.

Jesús habla a los doctores de la ley que le piden un signo y los define “generación malvada”. El Santo Padre partió de este pasaje del Evangelio para detenerse sobre el tema de las “sorpresas de Dios”. Y observó que tantas veces estos doctores piden signos a Jesús, y Él les responde que no son capaces de “ver los signos de los tiempos”:

“Porque estos doctores de la ley no entendían los signos del tiempo y pedían un signo extraordinario (Jesús se los dijo después). ¿Por qué no entendían? Ante todo porque estaban cerrados. Estaban encerrados en su sistema, habían ordenado la ley muy bien, una obra de arte. Todos los hebreos sabían qué cosa se podía hacer, y qué cosa no se podía hacer, hasta dónde se podía ir. Estaba todo organizado. Y ellos estaban seguros allí”.

Para ellos – añadió el Papa – eran “cosas extrañas” esas que había Jesús: “Ir con los pecadores, comer con los publicanos”. Porque a ellos “no les gustaba, era peligroso; estaba en peligro la doctrina, esa doctrina de la ley, que ellos”, los “teólogos, habían hecho a lo largo de los siglos”. Además, Francisco reconoció que “lo habían hecho por amor, para ser fieles a Dios”. Pero “estaban encerrados allí”, “sencillamente habían olvidado la historia. Se habían olvidado que Dios es el Dios de la ley, pero que también es el Dios de las sorpresas”. Por otra parte – dijo Francisco – “también a su pueblo, Dios le ha reservado sorpresas tantas veces” como cuando los ha salvado “de la esclavitud de Egipto”:

“Ellos no entendían que Dios es el Dios de las sorpresas, que Dios es siempre nuevo; que jamás reniega de sí mismo, que jamás dice que lo que había dicho era incorrecto. Jamás. Pero nos sorprende siempre. Y ellos no entendían y se encerraban en aquel sistema hecho con tanta buena voluntad, y pedían a Jesús: ‘¡Pero danos una señal!’. Y no entendían los tantos signos que Jesús hacía y que indicaban que el tiempo estaba maduro. ¡Cerrazón! Segundo, habían olvidado que ellos eran un pueblo en camino. ¡En camino! Y cuando nos encaminamos, cuando uno están en camino, siempre encuentra cosas nuevas, cosas que no conocía”.

Y añadió, “un camino no es absoluto en sí mismo”, es el camino hacia “la manifestación definitiva del Señor. La vida es un camino hacia la plenitud de Jesucristo, cuando vendrá por segunda vez”. Esta generación – dijo también el Papa – “busca un signo”, pero el Señor dice: “no le será dado ningún signo, sino el signo de Jonás”, o sea “el signo de la Resurrección, de la Gloria, de aquella escatología hacia la cual estamos en camino”. Y estos doctores – reafirmó – “estaban encerrados en sí mismos, no estaban abiertos al Dios de las sorpresas, no conocían el camino y ni siquiera esta escatología”. De este modo, cuando en el Sinedrio Jesús afirma que es el Hijo de Dios, “se arrancan las vestiduras”, se escandalizaron diciendo que había blasfemado. “El signo que Jesús les da a ellos – afirmó – era una blasfemia”. Y por este motivo “Jesús dice: generación malvada”.

El Papa observó asimismo que éstos “no habían entendido que la ley que ellos custodian y amaban” era una pedagogía hacia Jesucristo. “Si la ley no lleva a Jesucristo – reafirmó – no nos acerca a Jesús, está muerta. Y por esta razón Jesús les recrimina que están cerrados, que no son capaces de reconocer los signos de los tiempos, que no son capaces de estar abiertos al Dios de las sorpresas”:

“Y esto debe hacernos pensar: yo estoy apegado a mis cosas, a mis ideas, ¿cerrado? ¿O estoy abierto al Dios de las sorpresas? ¿Soy una persona detenida o una persona que camina? ¿Yo creo en Jesucristo? ¿En Jesús, en lo que ha dicho: que ha muerto, resucitado y terminada la historia? ¿Credo que el camino va adelante hacia la madurez, hacia la manifestación de la gloria del Señor? ¿Soy capaz de comprender los signos de los tiempos y ser fiel a la voz del Señor que se manifiesta en ellos? Podemos hacernos hoy estas preguntas y pedir al Señor un corazón que ame la ley, porque la ley es de Dios; que ame también las sorpresas de Dios y que sepa que esta ley santa non tiene un fin en sí misma”.

Está “en camino” – reafirmó – es una pedagogía “que nos lleva a Jesucristo, al encuentro definitivo, donde se producirá este gran signo del Hijo del hombre”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


No a una fe “cosmética”, cuenta la caridad concreta,
 dijo el Papa
2014-10-14 Radio Vaticana
Homilía de la misa matutina en Santa Marta

(RV).- ¿La nuestra es una “vida cristiana cosmética, de apariencia o es una vida cristiana con la fe laboriosa en la caridad?”. Es la pregunta que planteó el Papa al término de su homilía de la Misa de la mañana, celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Francisco afirmó asimismo que la fe “no es sólo rezar el Credo”, sino que pide que nos separemos de la avidez y de la concupiscencia para saber dar a los demás, especialmente si son pobres.

La fe – prosiguió diciendo el Santo Padre – no tiene necesidad de aparecer, sino de ser. No tiene necesidad de ser cubierta de cortesías, especialmente si son hipócritas, cuanto de un corazón capaz de amar de modo genuino. Al comentar el Evangelio del día – que presenta al fariseo que se sorprende porque el Maestro no realiza las abluciones prescriptas antes de comer – el Papa repitió que Jesús “condena” ese tipo de “seguridad” totalmente centrada en el “cumplimiento de la ley”:

“Jesús condena esta espiritualidad cosmética, aparecer como buenos, bellos, ¡pero la verdad adentro es otra cosa! Jesús condena a las personas de buenas maneras pero de malos hábitos, esos hábitos que no se ven pero que se hacen a escondidas. Pero la apariencia es justa: esta gente a la que le gustaba pasear por las plazas, hacerse ver rezando, ‘maquillarse’ con un poco de debilidad cuando ayunaba… ¿Por qué el Señor es así? Vean que son dos los adjetivos que usa aquí, pero relacionados: avidez y maldad”.

Jesús dirá de ellos “sepulcros blanqueados” en el análogo pasaje del Evangelio de Mateo, remarcando ciertas actitudes que Él define con dureza como “inmundicia”, “podredumbre”. “Den más bien como limosna todo lo que tienen dentro”, es su contrapropuesta. “La limosna – recordó el Papa – ha sido siempre, en la tradición de la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, una vara para medir la justicia”. También Pablo, en la Lectura del día, discute con los Gálatas por el mismo motivo, su apego a la ley. Y también el resultado es idéntico, porque como dijo el Papa, “la ley sola no salva”:

“Lo que vale es la fe. ¿Cuál fe? Aquella que se ‘vuelve laboriosa por medio de la caridad’. El mismo razonamiento de Jesús al fariseo. Una fe que no es sólo rezar el Credo: todos nosotros creemos en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, en la vida eterna…. ¡Todos creemos! Pero ésta es una fe inmóvil, no activa. Lo que vale en Cristo Jesús es la laboriosidad que viene de la fe, o mejor la fe que se vuelve laboriosa en la cridad, es decir que vuelve a la limosna. Limosna en el sentido más amplio de la palabra: desprenderse de la dictadura del dinero, de la idolatría del dinero. Toda concupiscencia nos aleja de Jesucristo”.

El Papa Francisco evocó un episodio de la vida del padre Arrupe, quien fue Prepósito General de la Compañía de Jesús. Un día, una rica señora lo invitó para donar dinero para las misiones de los jesuitas en Japón, para lo cual el padre Arrupe estaba trabajando. La entrega del sobre se produjo prácticamente ante la puerta y delante de periodistas y fotógrafos. El padre Arrupe relató que había sufrido “una gran humillación”, pero dijo que aceptó el dinero “por los pobres de Japón”. Y cuando abrió el sobre, encontró diez dólares…”.

Preguntémonos – concluyó el Papa – si la nuestra es “una vida cristiana cosmética, de apariencia o es una vida cristiana con la fe laboriosa en la caridad”:

“Jesús nos aconseja esto: ‘No hacer sonar la trompeta’. El segundo consejo: ‘No dar sólo lo que sobra’. Y nos habla de aquella viejita que dio todo lo que tenía para vivir. Y elogia a aquella mujer por haber hecho esto. Y lo ha hecho un poco a escondidas, quizá porque se avergonzaba por no poder dar más”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


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