martes, 10 de marzo de 2015

El Papa se confiesa!!!.

Homilías del Papa y Temas sacerdotales



Es muy consolador el ver que... 
el Santo Padre también se confiesa!!!. 

Para que no tengamos miedo 
de acercarnos al 
SACRAMENTO DEL PERDÓN
Franja

El Papa es un pecador más, 
que tiene necesidad de confesarse con frecuencia, 
como todo cristiano consciente de sus limitaciones personales.
Franja

Homilías del Papa 2015-03-09

Homilías del Papa y Temas sacerdotales


Misa en Santa Marta - Nada de espectáculo
2015-03-09 L’Osservatore Romano

El estilo de Dios es la «sencillez»: inútil buscarlo en el «espectáculo mundano». También en nuestra vida él actúa siempre «en la humildad, en el silencio, en las cosas pequeñas». Esta es la reflexión cuaresmal que el Papa Francisco quiso proponer en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el lunes 9 de marzo.

Como de costumbre, el Pontífice partió de la liturgia de la palabra en la que, observó, «existe una palabra común» en las dos cartas: «la ira; la indignación». En el Evangelio de san Lucas (4, 24-30) se narra el episodio donde «Jesús vuelve a Nazaret, va a la sinagoga y comienza a hablar». En un primer momento «toda la gente lo escuchaba con amor, feliz» y estaba asombrada de las palabras de Jesús: «estaban contentos». Pero Jesús prosigue en su discurso «y reprende la falta de fe de su pueblo; recuerda cómo esta falta es también histórica» haciendo referencia al tiempo de Elías (cuando –recordó el Papa– «habían tantas viudas», pero Dios envió al profeta «a un viuda de un país pagano») y a la purificación de Naamán el sirio, narrada en la primera lectura del segundo libro de los Reyes (5, 1-15).

Inicia así la dinámica entre las expectativas de la gente y la respuesta de Dios que estuvo en el centro de la homilía del Pontífice. En efecto, explicó el Papa Francisco, mientras la gente «oía con gusto lo que decía Jesús», a alguien «no le gustó lo que decía» y «quizá algún hablador se alzó y dijo: ¿pero este de qué viene a hablarnos? ¿Dónde estudió para que nos diga estas cosas? Que nos haga ver su licenciatura. ¿En qué universidad estudió? Este es el hijo del carpintero y lo conocemos bien».

Explotan así «la furia» y «la violencia»: se lee en el Evangelio que «lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte» para despeñarlo. Pero, se preguntó el Pontífice, «la admiración, el estupor» ¿cómo pasaron «a la ira, a la furia, a la violencia?». Es lo que sucede también al general sirio de quien se escribe en el segundo libro de los Reyes: «Este hombre tenía fe, sabía que el Señor lo curaría. Pero cuando el profeta le dice “ve, báñate”, se indigna». Tenía otras expectativas, explicó el Papa, y en efecto pensaba en Eliseo: «Al estar de pie, invocará el nombre del Señor su Dios, agitará su mano hacia la parte enferma y me quitará la lepra... Pero nosotros tenemos ríos más hermosos que el Jordán». Y así se marcha. Sin embargo, «los amigos le hacen entrar en razón» y, tras regresar, se cumple el milagro.

Dos experiencias distantes en el tiempo pero muy similares: «¿Qué quería esta gente, estos de la sinagoga, y este sirio?» preguntó el Papa Francisco. Por una parte «a los de la sinagoga Jesús les reprende la falta de fe», tanto que el Evangelio subraya cómo «Jesús allí, en ese lugar, no hizo milagros, por la falta de fe». Por otro, Naamán «tenía fe, pero una fe especial». En cualquier caso, destacó el Papa Francisco, todos buscaban lo mismo: «Querían el espectáculo». Pero «el estilo del buen Dios no es hacer el espectáculo: Dios actúa en la humildad, en el silencio, en las cosas pequeñas». No por casualidad, al sirio, «la noticia de la posible curación le llega de una esclava, una joven, que era la criada de su mujer, de una humilde jovencita». Al respecto comentó el Papa: «Así va el Señor: por la humildad. Y si vemos toda la historia de la salvación, encontraremos que siempre el Señor hace así, siempre, con las cosas sencillas».

Para hacer comprender mejor este concepto, el Pontífice hizo referencia a otros diversos episodios de las Escrituras. Por ejemplo, observó, «en la narración de la creación no se dice que el Señor cogiera la varita mágica», no dijo: «Hagamos al hombre» y el hombre fue creado. Dios, en cambio, «lo hizo con el barro y su trabajo, sencillamente». Y, así, «cuando quiso liberar a su pueblo, lo liberó a través de la fe y la confianza de un hombre, Moisés». Del mismo modo, «cuando quiso hacer caer la poderosa ciudad de Jericó, lo hizo a través de una prostituta». Y «también para la conversión de los samaritanos, pidió el trabajo de otra pecadora».

En realidad, el Señor desplaza siempre al hombre. Cuando «invitó a David a luchar contra Goliat, parecía una locura: el pequeño David ante aquel gigante, que tenía una espada, tenía tantas cosas, y David solamente la honda y las piedras». Lo mismo sucede «cuando dijo a los Magos que había nacido precisamente el rey, el gran rey». ¿Qué encontraron? «Un niño, un establo». Por lo tanto, destacó el obispo de Roma, «las cosas simples, la humildad de Dios, este es el estilo divino, nunca el espectáculo».

Por lo demás, explicó, la del «espectáculo» fue precisamente «una de las tentaciones de Jesús en el desierto». Satanás le dijo, en efecto: «Ven conmigo, subamos al alero del templo; tú te tiras y todos verán el milagro y creerán en ti». El Señor, en cambio, se revela «en la sencillez, en la humildad».

Entonces, concluyó el Papa Francisco, «nos hará bien en esta Cuaresma pensar en nuestra vida sobre cómo el Señor nos ayudó, cómo el Señor nos hizo seguir adelante, y encontraremos que siempre lo hizo con cosas sencillas». Incluso podrá parecernos que todo sucedió «como si fuera una casualidad». Porque «el Señor hace las cosas sencillamente. Te habla silenciosamente al corazón». Resultará útil, por lo tanto, en este período recordar «Las numerosas veces» en las que en nuestra vida «el Señor nos visitó con su gracia» y hemos entendido que la humildad y la sencillez son su «estilo». Esto, explicó el Papa, vale no solamente en la vida diaria, sino también «en la celebración litúrgica, en los sacramentos», en los cuales «es bello que se manifieste la humildad de Dios y no el espectáculo mundano».

sábado, 7 de marzo de 2015

Homilías del Papa 07/03/2015

Homilías del Papa y Temas sacerdotales

Francisco \ Encuentros y Eventos
¡En el centro sólo está el Señor!, 
el Papa a fieles de Comunión y Liberación

 
Francisco saludando a los fieles 
de Comunión y Liberación - AFP

07/03/2015 12:07SHARE:
(RV).- Entrañable, alegre y multitudinario encuentro el celebrado la mañana de este sábado en el Vaticano en la audiencia del Papa Francisco con aproximadamente 80.000 fieles de Comunión y Liberación llegados de 47 países del mundo, reunidos en la plaza de San Pedro de Roma.

El Santo Padre, muy agradecido por el cariño con el que fue recibido y por las palabras de Julián Carrón, presidente de la Fraternidad Comunión y Liberación, aseguró que la labor de Mons. Luigi Giussani, el fundador, ha marcado tanto su vida sacerdotal como la personal a través de sus libros y artículos. “Su pensamiento es profundamente humano y llega hasta el más íntimo anhelo del hombre”, aseguró Francisco. Y así recuerdó la importancia que tenía para Mons. Giussani el encuentro, “el encuentro no con una idea, sino con una Persona, con Jesucristo” que es quien “nos da la libertad”.

Seguido de fervorosos aplausos con cada una de las ideas de su discurso, el Papa insistió en que el camino de la Iglesia es dejar que se manifieste la gran misericordia de Dios y lo compara con el impulso alegre de la flor del almendro, que es como Jesús para toda la humanidad. El Papa Bergoglio pidió a los fieles que recuerden que el centro es Jesucristo, tanto en nuestra espiritualidad como en nuestra vida: “¡en el centro sólo está el Señor!” y en esta línea les recordó también que el camino de la Iglesia es salir a la búsqueda de los lejanos en las periferias para “servir a Jesús en cada persona marginada, abandonada, sin fe, decepcionada por la Iglesia, prisionera de su propio egoísmo”.
(MZ-RV)

Palabras y audio de la voz del Papa:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Les doy la bienvenida a todos ustedes y ¡les agradezco por su caluroso afecto! Dirijo mi cordial saludo a los cardenales y a los Obispos. Saludo a Don Julián Carrón, Presidente de su Fraternidad, y le agradezco por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos; y le agradezco también, Don Julián, por aquella bonita carta que usted escribió a todos, invitándoles a venir. Muchas gracias.
Mi primer pensamiento va a su Fundador, Mons. Luigi Giussani, recordando el décimo aniversario de su nacimiento para el Cielo. Me siento agradecido a Don Giussani por varios motivos. El primero, más personal, es el bien que este hombre me hizo a mí y a mi vida sacerdotal, a través de las lecturas de sus libros y sus artículos. La otra razón es que su pensamiento es profundamente humano y llega hasta el más íntimo anhelo del hombre. Ustedes saben cuán importante era para Don Giussani la experiencia del encuentro: encuentro no con una idea, sino con una Persona, con Jesucristo.

Así él educó a la libertad, guiando hacia el encuentro con Cristo, porque Cristo nos da la verdadera libertad. Hablando del encuentro, me viene a la mente “La vocación de Mateo”, aquel Caravaggio ante el cual me detenía por un largo rato en San Luis de los Franceses, cada vez que venía a Roma. Ninguno de los que estaba allí, incluido Mateo ávido de dinero, podía creer en el mensaje de aquel dedo que lo indicaba, el mensaje de aquellos ojos que lo miraban con misericordia y lo elegían para que lo siguiera. Sentía aquel estupor del encuentro. Es así el encuentro con Cristo que viene y nos invita.

Todo, en nuestra vida, hoy como en los tiempos de Jesús, comienza con un encuentro. Un encuentro con este Hombre, el carpintero de Nazaret, un hombre como todos y al mismo tiempo diferente. Pensemos en el Evangelio de Juan, allí donde cuenta el primer encuentro con los discípulos con Jesús. Andrés, Juan, Simón: se sintieron mirados profundamente, conocidos íntimamente, y esto generó en ellos una sorpresa, un estupor que, inmediatamente, les hizo sentir ligados a Él… O cuando después en la resurrección, Jesús le pregunta a Pedro: “¿Me amas? y Pedro responde ‘Sí’, aquel ‘sí’ no era el resultado de una fuerza de voluntad, no venía sólo de la decisión del hombre Simón: venía antes que nada de la Gracia, era el aquel ‘primerear’, aquel el preceder de la Gracia. Éste fue el descubrimiento decisivo para San Pablo, para San Agustín, y para muchos otros santos: Jesucristo es primero, siempre nos primerea Jesucristo nos precede; cuando nosotros llegamos, Él ya nos estaba esperando. Él es como la flor del almendro: es la flor que florece primero, y anuncia la primavera.

Y no se puede entender esta dinámica del encuentro que suscita el estupor y la adhesión sin la misericordia. Sólo quien ha sido acariciado por la ternura de la misericordia, conoce verdaderamente al Señor. El lugar privilegiado del encuentro es la caricia de la misericordia de Jesucristo hacia mi pecado. Es por esto, algunas veces, que ustedes me han escuchado decir que el lugar, el lugar privilegiado del encuentro con Jesucristo es mi pecado. Es gracias a este abrazo de misericordia que se sienten las ganas de responder y de cambiar, y que puede surgir una vida diferente.  La moral cristiana no es el esfuerzo titánico, voluntarista, de quien decide ser coherente y lo logra, un tipo de desafío solitario ante el mundo. No. Esta no es la moral cristiana, es otra cosa. La moral cristiana es respuesta, es la respuesta conmovida ante una misericordia sorprendente, imprevisible, inclusive ‘injusta’, según los criterios humanos, de Uno que me conoce, que conoce mis traiciones y me quiere lo mismo, me estima, me abraza, me vuelve a llamar, espera en mí, se espera algo de mí. La moral cristiana no es no caer nunca, sino levantarse siempre, gracias a su mano que nos toma.

Y el camino de la Iglesia es también éste: dejar que se manifieste la gran misericordia de Dios. Dije, en días pasados, a los nuevos Cardenales: “El camino de la Iglesia es no condenar a nadie eternamente; es derramar la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con un corazón sincero; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir de su propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las ‘periferias’ de la existencia; es el de adoptar  integralmente la  lógica de Dios, que es aquella de la misericordia  (Homilía 15 de febrero de 2015). También la Iglesia debe sentir el impulso alegre de convertirse en flor de almendro, es decir la primavera, como Jesús, para toda la humanidad.

Hoy ustedes recuerdan también los sesenta años del inicio de su Movimiento, “nacido en la Iglesia -  como les dijo Benedicto XVI, - no por una voluntad organizativa de la Jerarquía, sino originado por un encuentro renovado con Cristo y así, podemos decir, por un impulso derivado últimamente del Espíritu Santo. (Discurso a la peregrinación de Comunión y Liberación, 24 de marzo de 2007: Enseñanzas III, 1 [2007], 557).

Después de sesenta años, el carisma original no ha perdido su frescor  y vitalidad. Pero, recuerden que el centro no es el carisma, el centro es uno sólo, es Jesucristo. Cuando pongo en el centro mi método espiritual, mi camino espiritual, mi manera de ponerlo en práctica, me salgo del camino. Toda espiritualidad, todos los carismas en la Iglesia deben ser “descentrados”: ¡en el centro sólo está el Señor! Por eso cuando Pablo en su primera carta a los Corintios habla de carismas, de esta realidad tan hermosa de la Iglesia, del Cuerpo místico, termina hablando del amor, es decir, de aquello que viene de Dios, lo que es propio de Dios, y que nos permite imitarlo. No se olviden nunca de esto.

Y luego, ¡el carisma no se conserva en una botella de agua destilada! Fidelidad al carisma no quiere decir “petrificarlo” - es el diablo el que “petrifica” - no significa escribirlo en un pergamino y ponerlo en un cuadro. La referencia al legado que les ha dejado Don Giussani no puede reducirse a un museo de recuerdos, de decisiones tomadas, de normas de conducta. Comporta, en cambio, fidelidad a la tradición, y  fidelidad a la tradición - decía Mahler – “significa tener vivo el fuego, no adorar las cenizas”.
Don Giussani no les perdonaría nunca que perdieran la libertad y se transformaran en guías de museo o adoradores de cenizas.  ¡Mantengan vivo el fuego de la memoria de aquel primer encuentro y sean libres!
Así, centrados en Cristo y en el Evangelio, ustedes pueden ser los brazos, las manos, los pies, la mente y el corazón de una Iglesia “en salida”. El camino de la Iglesia es salir para ir a buscar a los lejanos en las periferias,  para servir a Jesús en cada persona marginada, abandonada, sin fe, decepcionada por la Iglesia, prisionera de su propio egoísmo.
“Salir” también significa rechazar la ‘auto referencialidad’,  en todas sus formas, significa saber escuchar a quien no es como nosotros, aprendiendo de todos, con sincera humildad. Cuando somos esclavos de la auto referencialidad, acabamos cultivando una “espiritualidad de etiqueta”: “Yo soy CL”; y caemos en las mil trampas que nos ofrece la autocomplacencia referencial, aquel mirarnos en el espejo que nos lleva a desorientarnos y a transformarnos en meros empresarios de una ONG.

Queridos amigos, me gustaría terminar con dos citas muy significativas de Don Giussani, una de los inicios y una del final de su vida.

La primera: “El cristianismo nunca se realiza en la historia como fijeza de posiciones que hay que defender, que se planteen ante lo nuevo como mera antítesis; el cristianismo es principio de redención, que asume lo nuevo, salvándolo" (Porta la Speranza. Primeros escritos, Génova 1967, 119).
La segunda del 2004: "No sólo nunca tuve la intención de “fundar" nada, sino que creo que el genio del movimiento que he visto nacer consiste en haber sentido la urgencia de proclamar la necesidad de volver a los aspectos elementales del cristianismo, es decir, la pasión del hecho cristiano como tal en sus elementos originales, y basta" (Carta a Juan Pablo II, 26 de Enero de 2004 con motivo de los 50 años de Comunión y Liberación).
Que el Señor los bendiga y la Virgen los custodie. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Gracias
(GM, MZ-RV)

viernes, 6 de marzo de 2015

Homilías del Papa 02/03/2015

Homilías del Papa y Temas sacerdotales



Francisco \ Misa en Santa Marta
No juzgar a los otros y acusarse a sí mismo 
es la sabiduría del cristiano, dijo el Papa

El Papa celebra la misa en Santa Marta - OSS_ROM

02/03/2015 

Es fácil juzgar a los otros, pero se va adelante por el camino cristiano sólo si se tiene la sabiduría de acusarse a sí mismo: lo dijo el Papa Francisco volviendo a celebrar la Misa en Santa Marta, después de finalizar los Ejercicios Espirituales.

Las lecturas del día están centradas en el tema de la misericordia. El Papa, recordando que ‘todos somos pecadores’ no ‘en teoría’ sino realmente, indica ‘una virtud cristiana, mejor dicho, más de una virtud’: ‘la capacidad de acusarse a sí mismo’. Es el primer paso de quien quiere ser cristiano:

“Todos nosotros somos maestros, somos doctores en justificarnos a nosotros mismos: ‘Pero yo no fui, no, no es culpa mía, pero no era tanto, eh…Las cosas no son así’. Todos tenemos un pretexto explicativo de nuestras faltas, de nuestros pecados, y tantas veces somos capaces de hacer esa cara de ‘pero yo no sé’, cara de ‘yo no lo hice, quizás fue otro’: hacerse el inocente. Y así no se va adelante en la vida cristiana”.

Es más fácil acusar a los otros - observa el Papa - sin embargo sucede una cosa un poco extraña si probamos a comportarnos de manera diversa: ‘cuando comenzamos a ver de qué cosas somos capaces’, al inicio ‘nos sentimos mal, sentimos aversión’, luego esto ‘nos da paz y salud’. Por ejemplo - afirma el Pontífice -  ‘cuando tengo envidia en mi corazón y sé que esta envidia es capaz de hablar mal del otro y matarlo moralmente’, ‘ésta es la sabiduría de acusarse a sí mismo’. ‘Si no aprendemos este primer paso de la vida, nunca, jamás daremos pasos en el camino de la vida cristiana, de la vida espiritual’:

“Es el primer paso, acusarse a sí mismo. Sin decirlo ¿no? Yo y mi conciencia. Voy por la calle, paso adelante de la cárcel: ‘Eh, estos se lo merecen’. ¿Pero tú sabes que si no hubiera sido por la gracia de Dios tú estarías ahí? ¿Has pensado que eres capaz de hacer las cosas que ellos hicieron, incluso peor todavía? Esto es acusarse a sí mismo, no esconder a sí mismo las raíces del pecado que están en nosotros, las tantas cosas que somos capaces de hacer, también si no se ven”.

El Papa subraya otra virtud: avergonzarse delante de Dios, en un diálogo en el cual nosotros reconocemos la vergüenza de nuestro pecado y la grandeza de la misericordia de Dios:

“A ti Señor, nuestro Dios, la misericordia y el perdón. La vergüenza para mí y a ti la misericordia y el perdón. Nos hará bien tener este diálogo con el Señor en esta Cuaresma: la acusación de nosotros mismos. Pidamos misericordia. En el Evangelio Jesús es claro: ‘Sean misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’. Cuando uno aprende a acusarse a sí mismo es misericordioso con los otros: ¿pero, quién soy yo para juzgarlo, si yo soy capaz de hacer cosas peores?”

La frase: ‘¿Quién soy yo para juzgar a otro?’ – afirma el Obispo de Roma – obedece precisamente a la exhortación de Jesús ‘No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados, perdonen y serán perdonados’. En cambio, constata ‘¡cómo nos gusta juzgar a los demás, hablar mal de ellos!’

‘Que el Señor en esta Cuaresma – concluye el Papa Francisco – nos dé la gracia de aprender a acusarnos’ en la conciencia de que somos capaces ‘de las cosas más malvadas’ y decir: ‘ten piedad de mí, Señor, ayúdame a avergonzarme y dame la misericordia, así yo podré ser misericordioso con los otros’.

(MCM-RV)

jueves, 5 de marzo de 2015

Homilías del Papa 05/03/2015

Homilías del Papa y Temas sacerdotales


Francisco \ Misa en Santa Marta
La mundanidad anestesia el alma, dijo el Papa en su homilía

El Papa Francisco celebra la Misa matutina 
en la Capilla de la Casa de Santa Marta - OSS_ROM

05/03/2015 

(RV).- Al comentar la parábola del rico epulón, un hombre vestido “de púrpura y lino finísimo” que “cada día se concedía banquetes opulentos”, el Papa Francisco observó que no se dice de él que era una persona mala; es más, “quizás era un hombre religioso, a modo suyo. Tal vez rezaba alguna oración y dos o tres veces al año iba al Templo para cumplir los sacrificios y daba grandes ofertas a los sacerdotes, y ellos, con esa pusilanimidad clerical, se lo agradecían y le daban un puesto de honor para sentarse”. Pero no se daba cuenta de que en su puerta había un pobre mendicante, Lázaro, hambriento, todo llagado, “símbolo de la extrema necesidad que tenía”.

El Santo Padre explicó la situación del hombre rico con estas palabras:
“Cuando salía de su casa, y  no… tal vez el auto con el que salía tenía los vidrios oscurecidos para no ver afuera… tal vez, no lo sé. Pero seguramente sí, su alma, los ojos de su alma, estaban oscurecidos para no ver. Sólo veía su vida, y no se daba cuenta de lo que le había sucedido a este hombre, que no era malo: estaba enfermo. Enfermo de mundanidad. Y la mundanidad trasforma las almas, hace perder la conciencia de la realidad: viven en un mundo artificial, hecho por ellos… La mundanidad anestesia el alma. Y por esta razón, este hombre mundano, no era capaz de ver la realidad”.

Y la realidad – dijo el Papa – es la de tantos pobres que viven junto a nosotros:
“Tantas personas que viven su vida de manera difícil, de modo difícil; pero si yo tengo un corazón mundano, jamás comprenderé esto. Con el corazón mundano no se puede entender la necesidad y la necesidad de los demás. Con el corazón mundano se puede ir a la iglesia, se puede rezar, se pueden hacer tantas cosas. Pero Jesús, en la Última Cena, en la oración al Padre, ¿qué ha rezado? ‘Pero, por favor, Padre, custodia a estos discípulos, para que no caigan en el mundo, para que no caigan en la mundanidad’. Es un pecado sutil, es más que un pecado: es un estado pecador del alma”.

En estas dos historias – afirmó el  Papa – hay dos juicios: una maldición para el hombre que confía en el mundo y una bendición para quien confía en el Señor. El hombre rico aleja su corazón de Dios: “Su alma está desierta”, una “tierra de salobridad donde nadie puede vivir”, “porque los mundanos, a decir verdad, están solos con su egoísmo”. Tenía “el corazón enfermo, tan apegado a este modo de vivir mundano que difícilmente se podía curar”. 
Además – añadió el Pontífice – mientras el pobre tenía un nombre, Lázaro, el rico no lo tiene: “No tenía nombre, porque los mundanos pierden el nombre. Son sólo uno de la multitud pudiente, que no necesita nada. Los mundanos pierden el nombre”.

Refiriéndose a la petición del hombre rico – que ya en medio de los tormentos del infierno, pide que se envíe a alguien de entre los muertos a exhortar a los familiares que aún viven, y Abraham responde que si no escucharon a Moisés y a los Profetas ni siquiera serán persuadidos si uno resurge de los muertos – el Papa afirmó que los mundanos quieren manifestaciones extraordinarias, y sin embargo, “en la Iglesia todo es claro. Jesús ha hablado claramente: ese es el camino. Pero al final, hay una palabra de consuelo”:

“Cuando aquel pobre hombre mundano, en los tormentos, pide que se envíe a Lázaro con poco de agua para ayudarlo, ¿cómo responde Abraham? Abraham es la figura de Dios, del Padre. ¿Cómo responde?: ‘Hijo, acuérdate…’. Los mundanos han perdido el nombre; también nosotros, si tenemos el corazón mundano, hemos perdido el nombre. Pero no somos huérfanos. Hasta el final, hasta el último momento existe la seguridad de que tenemos un Padre que nos espera. Encomendémonos a Él. ‘Hijo’. Nos dice ‘hijo’, en medio de aquella mundanidad: ‘Hijo’. No somos huérfanos”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).

miércoles, 4 de marzo de 2015

Homilías del Papa 2015-03-03

Homilías del Papa y Temas sacerdotales


Hagamos el bien, no una santidad fingida,
 invitó el Papa Francisco
2015-03-03 Radio Vaticana

(RV).- Si aprendemos a ‘hacer el bien’, Dios ‘perdona generosamente’ todo pecado. Lo que no perdona es la hipocresía, la ‘santidad fingida’. Son palabras del Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina, en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Aprendan a hacer el bien, busquen la justicia
Los santos fingidos, que ante el Cielo se preocupan más por aparentarlo, que por serlo de verdad, y los pecadores santificados, que más allá del mal hecho, han aprendido a ‘hacer’ un bien más grande. Nunca hubo ninguna duda sobre a quién de ellos prefiere Dios, afirmó el obispo de Roma, centrando su meditación sobre estas dos categorías. Tras señalar que las palabras de la lectura de Isaías son un imperativo y al mismo tiempo una ‘invitación’, que viene directamente de Dios: ¡dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien’, defendiendo a los huérfanos y a las viudas, es decir – subrayó el Papa Francisco – ‘aquellos que nadie recuerda’ entre los cuales están también ‘los ancianos abandonados, los niños que no van a la escuela’ y los que ‘no saben hacerse la señal de la Cruz’. Detrás del imperativo y de la invitación está siempre la invitación a la conversión:

«Pero ¿cómo puedo convertirme? ¡Aprendan a hacer el bien! La conversión.
La suciedad del corazón no se quita como se quita una mancha: vamos a la tintorería y salimos limpios… Se quita con el ‘hacer’, tomando un camino distinto, otro camino que no sea el del mal. ¡Aprendan a hacer el bien! Es decir el camino del hacer el bien. Y ¿cómo hago el bien? ¡Es simple! ‘Busquen la justicia, socorran al oprimido, brinden justicia al huérfano, defiendan la causa de la viuda’. Recordemos que en Israel los más pobres y los más necesitados eran los huérfanos y las viudas: hagan justicia, vayan donde están las llagas de la humanidad, donde hay tanto dolor… De este modo, haciendo el bien, lavarás tu corazón».

El Señor exagera: ¡pero es la verdad! 
El Señor nos da el don de su perdón Y la promesa de un corazón lavado, es decir perdonado, viene del mismo Dios, que no lleva la cuenta de los pecados ante quien ama al prójimo:

«Si haces esto, si vienes por este camino, al que te invito – nos dice el Señor – ‘aunque sus pecados fueran color escarlata, ustedes se volverán blancos como la nieve’. Es una exageración, el Señor exagera: ¡pero es la verdad! El Señor nos da el don de su perdón. El Señor perdona generosamente. Pero, yo perdono hasta aquí, después veremos… ¡No, no! ¡El Señor perdona siempre todo! ¡Todo! Pero, si quieres ser perdonado, debes empezar por el camino del hacer el bien. ¡Éste es el don!»

Jesús prefería mil veces a los pecadores, que decían la verdad sobre sí mismos, antes que a los hipócritas
El Evangelio del día presenta al grupo de los astutos, los que ‘dicen cosas justas, pero hacen lo contrario’, señaló el Santo Padre, añadiendo que ‘todos somos astutos y siempre encontramos un camino que no es el justo, para parecer más justos de lo que somos, es el camino de la hipocresía’:

«Estos fingen que se convierten, pero su corazón es una mentira: ¡son mentirosos! 
Es una mentira…Su corazón no pertenece al Señor; pertenece al padre de todas las mentiras, a satanás. Y ésta es una santidad fingida. Jesús prefería mil veces a los pecadores, antes que a ellos. ¿Por qué? Los pecadores decían la verdad sobre ellos mismos. ¡Aléjate de mí Señor que soy un pecador!’: lo dijo Pedro, una vez. ¡Pero uno de ellos nunca dice esto! ‘Te agradezco Señor, porque no soy pecador, porque soy justo’… En la segunda semana de Cuaresma hay estas tres palabras para pensar, meditar: la invitación a la conversión, el don que nos dará el Señor – es decir un don grande, un perdón grande, y la trampa. Es decir fingir que nos convertimos, pero tomar el camino de la hipocresía’».

(CdM – RV)   (from Vatican Radio)

martes, 3 de marzo de 2015

Homilías del Papa 2015-03-02

Homilías del Papa y Temas sacerdotales


Misa en Santa Marta - Vergüenza y misericordia
2015-03-02 L’Osservatore Romano
La capacidad de avergonzarse y acusarse a sí mismo, sin descargar la culpa siempre en los demás para juzgarlos y condenarlos, es el primer paso en el camino de la vida cristiana que conduce a pedir al Señor el don la misericordia. Es este el examen de conciencia sugerido por el Papa en la misa que celebró el lunes 2 de marzo, en la capilla de la Casa Santa Marta.

Para su reflexión el Papa Francisco partió de la primera lectura, tomada del libro de Daniel (9, 4-10). Está, explicó, «el pueblo de Dios» que «pide perdón, pero no es un perdón de palabra: este pedir perdón es un perdón que viene del corazón porque el pueblo se siente pecador». Y el pueblo «no se siente pecador en teoría —porque todos nosotros podemos decir “somos todos pecadores”, es verdad, es una verdad: ¡todos aquí!— pero ante el Señor dice las cosas malas que hizo y lo que no hizo de bueno». Se lee, en efecto, en la Escritura: «Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra».

En esencia, hizo notar el Papa Francisco, en estas palabras del pueblo está «la descripción de todo lo malo que hicieron». Y, así, «el pueblo de Dios, en este momento, se acusa a sí mismo». Y no se descarga con «los que nos persiguen», con los «enemigos». Más bien se mira a sí mismo y dice: «Me acuso a mí mismo ante ti, Señor, y me avergüenzo». Palabras claras, que encontramos también en el pasaje de Daniel: «Señor, a nosotros nos abruma la vergüenza».

«Este pasaje de la Biblia —sugirió el Papa— nos hace reflexionar sobre una virtud cristiana, es más, en más de una virtud». En efecto, «la capacidad de acusarse a sí mismo, la acusación de sí mismo» es «el primer paso para encaminarse como cristiano». En cambio, «todos nosotros somos maestros, somos doctores en justificarnos a nosotros mismos» con expresiones como: «Yo no fui, no, no es culpa mía; pues sí, pero no era tanto... Las cosas no son así...».

En definitiva, dijo el Papa Francisco, «todos encontramos una excusa» para justificarnos «de nuestras faltas, de nuestros pecados». Es más, añadió, «muchas veces somos capaces de poner esa cara de “¡yo no lo sé!”, cara de “yo no lo hice, tal vez será otro”». En pocas palabras, estamos siempre listos para «pasar por inocente». Pero así, advirtió el Papa, «no se avanza en la vida cristiana».

Por lo tanto, reafirmó, «el primer paso» es la capacidad de acusarse a sí mismo. Y es ciertamente «bueno» hacerlo con el sacerdote en la confesión. Pero, preguntó el Papa Francisco, «antes y después de la confesión, en tu vida, en tu oración, ¿eres capaz de acusarte a tí mismo? ¿O es más fácil acusar a los demás?».

Esta experiencia, destacó el obispo de Roma, suscita «algo un poco extraño pero que, al final, nos da paz y salud». En efecto, «cuando comenzamos a mirar todo aquello de lo que somos capaces, nos sentimos mal, sentimos repugnancia» y llegamos a preguntarnos: «¿Pero yo soy capaz de hacer esto?». Por ejemplo, «cuando encuentro en mi corazón una envidia y sé que esa envidia es capaz de hablar mal del otro y matarlo moralmente», me tengo que preguntar: «¿Soy capaz de ello? Sí, yo soy capaz». Y precisamente «así comienza esta sabiduría, esta sabiduría de acusarse a sí mismo».

Por consiguiente, «si no aprendemos este primer paso de la vida —afirmó el Papa Francisco— jamás daremos pasos hacia adelante por el camino de la vida cristiana, de la vida espiritual». Porque, precisamente, «el primer paso» es siempre el de «acusarse a sí mismo», incluso «sin decirlo: yo y mi conciencia».

Al respecto el Papa propuso un ejemplo concreto. Cuando vamos por la calle y pasamos ante una prisión, dijo, podríamos pensar que los detenidos «se lo merecen». Pero –invitó a considerar– «¿sabes que si no hubiese sido por la gracia de Dios, tú estarías allí? ¿Has pensado que eres capaz de hacer las cosas que ellos hicieron, incluso peores?». Esto, precisamente, «es acusarse a sí mismo, no esconder a uno mismo las raíces de pecado que están en nosotros, las tantas cosas que somos capaces de hacer, aunque no se vean».

Es una actitud, prosiguió el Papa Francisco, que «nos lleva a la vergüenza delante de Dios, y esta es una virtud: la vergüenza delante de Dios». Para «avergonzarse» hay que decir: «Mira, Señor, siento repugnancia de mí mismo, pero tú eres grande: a mí la vergüenza, a ti –y la pido– la misericordia». Precisamente como dice la Escritura: «Señor, nos abruma la vergüenza, porque hemos pecado contra ti». Y lo «podemos decir, porque soy capaz de pecar y hacer muchas cosas malas: “A ti, Señor, nuestro Dios, la misericordia y el perdón. La vergüenza para mí y a ti la misericordia y el perdón”». Es un «diálogo con el Señor» que «nos hará bien en esta Cuaresma: la acusación de nosotros mismos».

«Pidamos misericordia» volvió a proponer el Papa refiriéndose especialmente al pasaje de la liturgia de san Lucas (6, 36-38). Jesús «es claro: sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Por lo demás, explicó el Papa Francisco, «cuando uno aprende a acusarse a sí mismo es misericordioso con los demás». Y puede decir: «¿Pero quién soy yo para juzgarlo, si soy capaz de hacer cosas peores?». Es una frase importante: «¿quién soy yo para juzgar al otro?». Esto se comprende a la luz de la palabra de Jesús «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» y con su invitación a «no juzgar». En cambio, reconoció el Pontífice, «cómo nos gusta juzgar a los demás, hablar mal de ellos». Sin embargo, el Señor es claro: «no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados». Es un camino ciertamente «no fácil», que «inicia con la acusación de uno mismo, inicia con esa vergüenza delante de Dios y con la petición de perdón a Él: pedir misericordia». Precisamente «de ese primer paso se llega a esto que el Señor nos pide: ser misericordiosos, no juzgar a nadie, no condenar a nadie, ser generosos con los demás».

En este perspectiva, el Papa invitó a orar para que «el Señor, en esta Cuaresma, nos dé la gracia de aprender a acusarnos a nosotros mismos, cada uno en su soledad», preguntándose uno mismo: «¿Soy capaz de hacer esto? ¿Con este sentimiento soy capaz de hacer esto? ¿Con este sentir que tengo en mi interior soy capaz de las cosas más perversas?». Y al orar así: «ten piedad de mí, Señor, ayúdame a avergonzarme y dame misericordia, así podré ser misericordioso con los demás».

miércoles, 25 de febrero de 2015

Si no estuvieran las religiosas...

Homilías del Papa y Temas sacerdotales

«Pensemos un poco qué pasaría si no estuviesen la religiosas en los hospitales, las religiosas en las misiones, las religiosas en las escuelas».
papa Francisco


Si no estuvieran las religiosas

3 de Febrero de 2014

· El Papa Francisco celebra la jornada de los consagrados y en el Ángelus lanza un llamamiento en defensa de la vida y recuerda a las poblaciones afectadas por el mal tiempo. ·

 «Pensemos un poco qué pasaría si no estuviesen la religiosas en los hospitales, las religiosas en las misiones, las religiosas en las escuelas».

El Papa Francisco celebra la jornada de los consagrados

Fueron las palabras que el Papa dirigió espontáneamente a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro a la hora del Ángelus del domingo 2 de febrero, fiesta de la presentación del Señor, para destacar la importancia de las personas consagradas en la vida de la Iglesia y del mundo.

«Hay gran necesidad de estas presencias –añadió–, que refuerzan y renuevan el compromiso de la difusión del Evangelio, de la educación cristiana, de la caridad hacia los más necesitados, de la oración contemplativa; el compromiso de la formación humana, de la formación espiritual de los jóvenes, de las familias; el compromiso por la justicia y la paz en la familia humana».

Al testimonio de los religiosos y las religiosas el Pontífice dedicó también la homilía que pronunció poco antes en la basílica Vaticana con ocasión de la celebración de la jornada de la vida consagrada. Y al traer a la memoria la simbología de la presentación de Jesús en el templo, recordó que en la experiencia de la consagración religiosa, «observancia» y «profecía» no se contraponen sino que deben avanzar juntas bajo la guía del Espíritu Santo.

Al concluir el Ángelus, el Papa lanzó un llamamiento en favor de la acogida y la promoción de la vida humana en todas sus fases, e invitó a los fieles a la solidaridad concreta con las poblaciones afectadas por el mal tiempo en algunas regiones de Italia.


domingo, 22 de febrero de 2015

Ángelus del Papa. Primer Domingo de Cuaresma.

Homilías del Papa y Temas sacerdotales



"Volver con todo el corazón a Dios",
 el Papa en el Ángelus

Plaza de San Pedro durante el Ángelus

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA

22/02/2015

(RV).- “Volver decididamente al camino de Jesús, el camino que conduce a la vida”, es según el Papa Francisco el significado de este primer domingo de Cuaresma. Así lo explicó durante la hora del Ángelus ante una plaza de San Pedro repleta de fieles a pesar del mal tiempo. Explicando el sentido de este tiempo litúrgico, el Obispo de Roma habló del periodo que pasó Jesús en el desierto, después de su bautismo en el río Jordán y la dura prueba que superó en soledad contra las tentaciones. El desierto, recuerda Francisco, es un lugar donde se puede escuchar la voz del Señor, pero también la voz del tentador, y por esto es importante, aseguró, conocer las escrituras, porque “de otra manera no sabemos responder a las trampas del maligno”.

Antes de rezar la oración mariana, el Pontífice encomendó a la Virgen la semana de ejercicios espirituales que comienza este domingo en la cual el Papa participará junto con sus colaboradores de la Curia Romana. Finalmente, Francisco saludó detalladamente a algunas de las familias y grupos parroquiales llegados hasta la Plaza de San Pedro, y les anunció que se les entregaría un pequeño libro titulado “Custodia el corazón”, ya que “La Cuaresma es un camino de conversión que tiene como centro el corazón” y con él, explica el Obispo de Roma, tendrán la ayuda para la conversión y el crecimiento espiritual. “La humanidad tiene necesidad de justicia, de paz, y sólo las podrán tener volviendo con todo el corazón a Dios, que es la fuente”, añadió. 

(MZ-RV)
Texto completo de las palabras del Papa a la hora del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
El miércoles pasado, con el rito de las Cenizas, ha comenzado la Cuaresma y hoy es el primer domingo de este tiempo litúrgico que se refiere a los cuarenta días transcurridos por Jesús en el desierto, después del bautismo en el río Jordán. San Marcos escribe en el Evangelio de hoy: “En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras y los ángeles lo servían” (1, 12-13). Con estas pocas palabras el evangelista describe la prueba afrontada voluntariamente por Jesús, antes de iniciar su misión mesiánica. Es una prueba de la cual el Señor sale victorioso y que lo prepara a anunciar el Evangelio del Reino de Dios. Él, en aquellos cuarenta días de soledad, enfrentó a Satanás “cuerpo a cuerpo”, desenmascaró sus tentaciones y lo venció. Y en Él hemos vencido todos, pero nos toca a nosotros proteger en nuestro cotidiano esta victoria.

La Iglesia nos hace recordar tal misterio al comienzo de la Cuaresma, porque ello nos da la perspectiva y el sentido de este tiempo, que es tiempo de lucha – en la Cuaresma se debe luchar – un tiempo de lucha espiritual contra el espíritu del mal (cfr Oración colecta del Miércoles de Cenizas). Y mientras atravesamos el ‘desierto’ cuaresmal, tenemos la mirada dirigida hacia la Pascua, que es la victoria definitiva de Jesús contra el Maligno, contra el pecado y contra la muerte. He aquí entonces el significado de este primer domingo de Cuaresma: volver decididamente al camino de Jesús, el camino que conduce a la vida. Mirar a Jesús, qué ha hecho Jesús e ir con Él.

Y este camino de Jesús pasa a través del desierto. El desierto es el lugar en el cual se puede escuchar la palabra de Dios y la voz del tentador. En el rumor, en la confusión, esto no se puede hacer; se escuchan sólo las voces superficiales. En cambio, en el desierto, podemos bajar en profundidad, donde se juega verdaderamente nuestro destino, la vida o la muerte. ¿Y cómo escuchamos la voz de Dios? La escuchamos en su Palabra. Por esto es importante conocer las Escrituras, porque de otra manera no sabemos responder a las insidias del Maligno. Y aquí quisiera volver a mi consejo de leer cada día el Evangelio: cada día leer el Evangelio, meditarlo un poquito, diez minutos; y llevarlo también siempre con nosotros: en el bolsillo, en la cartera… Tener siempre el Evangelio a mano. El desierto cuaresmal nos ayuda a decir no a la mundanidad, a los ‘ídolos’, nos ayuda a hacer elecciones valientes conformes al Evangelio y a reforzar la solidaridad con los hermanos.

Entonces, entremos en el desierto sin miedo, porque no estamos solos: estamos con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Es más, como fue para Jesús, es precisamente el Espíritu Santo que nos guía en el camino cuaresmal, aquel mismo Espíritu descendido sobre Jesús y que nos ha sido donado en el Bautismo. La Cuaresma, por lo tanto, es un tiempo propicio que debe conducirnos a tomar siempre más conciencia de cuánto el Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, ha obrado y puede obrar en nosotros. Y al final del itinerario cuaresmal, en la Vigilia Pascual, podremos renovar con mayor conciencia la alianza bautismal y los compromisos que de ella derivan.

Que la Virgen Santa, modelo de docilidad al Espíritu, nos ayude a dejarnos conducir por Él, que quiere hacer de cada uno de nosotros una “nueva creatura”.

A Ella confío en particular, esta semana de Ejercicios Espirituales que iniciará esta tarde y en la cual tomaré parte junto con mis colaboradores de la Curia Romana.  Recen para que en este ‘desierto’ que son los Ejercicios podamos escuchar la voz de Jesús y también corregir tantos defectos que todos nosotros tenemos, y hacer frente a las tentaciones que cada día nos atacan. Les pido, por lo tanto, que nos acompañen con su oración.

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual – RV)
Palabras del Papa después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,
Dirijo un cordial saludo a las familias, a los grupos parroquiales, a las asociaciones y a todos los peregrinos de Roma, de Italia y de diversos países.

Saludo a los fieles de Nápoles, Cosenza y Verona, y a los chicos de Seregno venidos por la profesión de fe.

La Cuaresma es un camino de conversión que tiene como centro el corazón. Nuestro corazón se debe convertir al Señor. Por eso, en este primer domingo, he pensado en regalarles a ustedes que están aquí en plaza, un pequeño libro de bolsillo titulado “Custodia el corazón”. Es esto. Este libro recopila algunas enseñanzas de Jesús y los contenidos esenciales de nuestra fe, como por ejemplo los siete Sacramentos, los dones del Espíritu Santo, los diez Mandamientos, la virtud, los trabajos de misericordia, etc. Ahora lo distribuirán los voluntarios, entre los cuales hay muchas personas sin techo, que han venido en peregrinación. Y como siempre también hoy aquí en plaza, aquellos que son la necesidad, son los mismos que traen una gran riqueza: La riqueza de nuestra doctrina, para custodiar el corazón. Tomen un libro cada uno y llévenlo con ustedes, como ayuda para la conversión y el crecimiento espiritual, que parte siempre del corazón: allí donde se juega la partida de las elecciones cotidianas entre bien y mal, entre mundanidad y Evangelio, entre indiferencia y compartir. 

La humanidad necesita justicia, paz, amor y sólo los podrán tener volviendo con todo el corazón a Dios, que es la fuente de todo esto. Tomad el libro, y leedlo todos.

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, especialmente en esta semana de los Ejercicios, no olviden rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!


(Traducción del italiano: Mónica Zorita - RV)

viernes, 20 de febrero de 2015

Homilías del Papa, 2015-02-20

Homilías del Papa y Temas sacerdotales



Jamás usar a Dios para cubrir la injusticia, pidió el Papa
2015-02-20 Radio Vaticana

(RV).- Los cristianos, especialmente en Cuaresma, están llamados a vivir coherentemente el amor a Dios y el amor al próximo. Es uno de los pasajes de la homilía que el Papa Francisco pronunció durante la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice puso en guardia contra quien envía dinero a la Iglesia y después se comporta injustamente con sus empleados.

El Papa comenzó su meditación partiendo del pasaje de Isaías de la primera Lectura, subrayando que es necesario distinguir entre “lo formal y lo real”. Y observó que para el Señor “no es ayuno no comer carne” pero después “pelear y explotar a los obreros”. “He aquí porqué – dijo – Jesús ha condenado a los fariseos porque cumplían “tantas observancias exteriores, pero sin la verdad del corazón”.

El amor a Dios y al hombre están unidos, hacer penitencia real
El ayuno que quiere Jesús, en cambio, es el que suelta las cadenas injustas, deja libres a los oprimidos, viste a los desnudos y hace justicia. “Éste  – reafirmó el Papa – es el ayuno verdadero, el ayuno que no es sólo exterior, una observancia externa, sino que es el ayuno que viene del corazón”:

“Y en las tablas de la ley está la ley hacia Dios y la ley hacia el próximo y ambas van juntas. Yo no puedo decir: ‘Pero, no, yo cumplo los tres primeros mandamientos… y los otros más o menos’. No, si tú no haces estos, eso no puedes hacerlo y si tú haces estos, debes hacer esto. Están unidos: el amor a Dios y el amor al prójimo son una unidad y si tú quieres hacer penitencia, real no formal, debes hacerla ante Dios y también con tu hermano, con el prójimo”.

Pecado gravísimo usar a Dios para cubrir la injusticia
Se puede tener tanta fe – prosiguió diciendo el Papa – pero, como dice el Apóstol Santiago, si “no haces obras está muerta, para qué sirve”. De este modo, a quien va a Misa todos los domingos y toma la comunión, se le puede preguntar: “¿Y cómo es tu relación con tus empleados? ¿Les pagas en negro? ¿Les pagas el salario justo? ¿También depositas las contribuciones para la jubilación y para el seguro sanitario?”:

“Cuántos, cuántos hombres y mujeres de fe, tienen fe pero dividen las tablas de la ley: ‘Sí, sí yo hago esto’ – ‘¿Pero tú das la limosna?’ – ‘Sí, sí, siempre envío un cheque a la Iglesia – ‘Ah, bien, está bien. Pero en tu Iglesia, en tu casa, con aquellos que dependen de ti – ya sean hijos, o abuelos, o empleados – ¿eres generoso, eres justo?’. Tú no puedes hacer ofertas a la Iglesia sobre los hombros de la injusticia que haces con tus empleados. Este es un pecado gravísimo: es usar a Dios para cubrir la injusticia”.

“Y esto – explicó el Santo Padre  – es lo que el profeta Isaías, en nombre del Señor, hoy nos hace entender”: “No es un buen cristiano el que no hace justicia con las personas que dependen de él”. Y no es un buen cristiano – añadió el Papa – “el que no se priva de algo necesario, para dar a otro que tenga necesidad”. El camino de la Cuaresma – dijo también el Papa – “es éste, es doble, a Dios y al prójimo: es decir, es real, no es meramente formal. No es sólo no comer carne el viernes, hacer alguna cosita y después hacer crecer el egoísmo, la explotación del prójimo, ignorar a los pobres”.

El Papa relató que hay quien si tiene necesidad de curarse va al hospital y dado que tiene un seguro de salud, es visitado inmediatamente. “Es una cosa buena – comentó el  Papa –, da gracias al Señor. Pero  dime, ¿has pensado en aquellos que no tienen esta relación social con el hospital y cuando llegan deben esperar seis, siete u ocho horas, incluso por una cosa urgente?”.

En Cuaresma, hagamos espacio en el corazón para quien se ha equivocado
Y hay gente aquí, en Roma – advirtió Francisco – que vive así y la Cuaresma sirve “para pensar en ellos: ¿qué puedo hacer por los niños, por los ancianos, que no tienen la posibilidad de ser visitados por un médico?”, que tal vez esperan “ocho horas y después te dan el turno para la semana siguiente”.

“¿Qué haces por aquella gente? ¿Cómo será tu Cuaresma?” – preguntó el Santo Padre –. “Gracias a Dios yo tengo una familia que cumple los mandamientos, no tenemos problemas…” – “Pero en esta Cuaresma  – se preguntó una vez más el  Papa –  ¿en tu corazón hay lugar para aquellos que no han cumplido con los mandamientos? ¿Qué se han equivocado y están en la cárcel?”:

“‘Pero con aquella gente yo no…’  – 
‘Pero tú, él está en la cárcel: si tú no estás en la cárcel es porque el Señor te ha ayudado a no caer. ¿En tu corazón tienen lugar los encarcelados? ¿Tú rezar por ellos, para que el Señor los ayude a cambiar de vida?’ Acompaña, Señor, nuestro camino cuaresmal para que la observancia exterior corresponda a una profunda renovación del Espíritu. Así hemos rezado. Que el Señor nos dé esta gracia”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)
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