jueves, 26 de septiembre de 2013

Reconocer el pecado es descubrir que existe el perdón, la misericordia

Blog de Tío Paco-Franjaoli-Franja
Para descubrir lo que es el pecado necesitamos reconocer que nuestra vida está íntimamente relacionada con Dios, que existimos como seres humanos desde un proyecto de amor maravilloso. 
 Reconocer el pecado
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Tema Actual
Reconocer el pecado
Reconocer el pecado nos permite invocar,
 aceptar, celebrar la misericordia        
Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

No es fácil reconocer que hemos "pecado", que hemos ofendido a Dios, al prójimo, a nosotros mismos.
No es fácil especialmente en el mundo moderno, dominado por la ciencia, el racionalismo, las corrientes psicológicas, las "espiritualidades" tipo New Age. Un mundo en el que queda muy poco espacio para Dios, y casi nada para el pecado.
Muchos reducen la idea del pecado a complejos psicológicos o a fallos en la conducta que van contra las normas sociales. Desde niños nos educan a hacer ciertas cosas y a evitar otras. Cuando no actuamos según las indicaciones recibidas, vamos contra una regla, hacemos algo "malo". Pero eso, técnicamente, no es pecado, sino infracción.
Otros justifican los fallos personales de mil maneras. Unos dicen que no tenemos culpa, porque estamos condicionados por mecanismos psíquicos más o menos inconscientes. Otros dicen que los fallos son simplemente fruto de la ignorancia: no teníamos una idea clara de lo que estábamos haciendo. Otros piensan que el así llamado "pecado" sería sólo algo que provoca en los demás un sentimiento negativo, pero que en sí no habría ningún acto intrínsecamente malo.
A través de la catequesis de adultos, de las diversas actividades pastorales de la parroquia, de la predicación dominical, se hace urgente un esfuerzo por superar este tipo de interpretaciones equivocadas e insuficientes.

Pero nunca la oración como la del fariseo que no reconoce sus pecados y sí como la del publicano

Para descubrir lo que es el pecado necesitamos reconocer que nuestra vida está íntimamente relacionada con Dios, que existimos como seres humanos desde un proyecto de amor maravilloso. Es entonces cuando nos damos cuenta de que Dios llama a cada uno de sus hijos a una vida feliz y plena en el servicio a los hermanos, y que nos pide, para ello, que vivamos los mandamientos.
Porque existe Dios, porque tiene un plan sobre nosotros, entonces sí que podemos comprender qué es el pecado, qué enorme tragedia se produce cada vez que optamos por seguir nuestros caprichos: nos apartamos del camino del amor.
Al mismo tiempo, si al mirar a Dios reconocemos que existe el pecado, también podemos descubrir que existe el perdón, la misericordia, especialmente a la luz del misterio de Cristo.
Lo dice de un modo sintético y profundo el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, en el n. 392: "El pecado es «una palabra, un acto o un deseo contrarios a la Ley eterna» (San Agustín). Es una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Cristo, en su Pasión, revela plenamente la gravedad del pecado y lo vence con su misericordia".
Es cierto que nos cuesta reconocer que hemos pecado. Pero hacerlo es propio de corazones honestos y valientes: llamamos a las cosas por su nombre, y reconocemos que nuestra vida está profundamente relacionada con Dios y con su Amor hacia nosotros.
Reconocer, por tanto, el pecado nos permite invocar, aceptar, celebrar la misericordia (según una hermosa fórmula usada por el Papa Pablo VI en su "Meditación ante la muerte"). De lo contrario, nos quedaríamos a medias, como tantas personas que ven sus pecados con angustia, algunos incluso con desesperación, sin poder superar graves estados de zozobra interior.
Es triste haber cometido tantas faltas, haberle fallado a Dios, haber herido al prójimo. Es doloroso reconocer que hemos incumplido buenos propósitos, que hemos cedido a la sensualidad o a la soberbia, que hemos preferido el egoísmo a la justicia, que hemos buscado mil veces la propia satisfacción y no la sana alegría de quienes viven a nuestro lado. Pero la mirada puesta en Cristo, el descubrimiento de la Redención, debería sacarnos de nosotros mismos, debería llevarnos a la confianza: la misericordia es mucho más fuerte que el pecado, el perdón es la palabra decisiva de la historia humana, de mi vida concreta y llena de heridas.
De este manera, podremos afrontar con ojos nuevos la realidad del pecado, de nuestro pecado y del pecado ajeno, con la seguridad de que hay un Padre que busca al hijo fugitivo: así lo explica Jesús en las parábolas de la misericordia (Lc 15), y, en el fondo, en todo su mensaje de Maestro bueno. Descubriremos entonces que si ha sido muy grande el pecado, es mucho más poderosa la misericordia (cf. Rm 5). Estaremos seguros de que el amor lleva a Dios a buscar mil caminos para rescatar al hombre que llora desde lo profundo de su corazón cada una de sus faltas.
Juan Pablo II hizo presentes estas verdades en su encíclica "Dives in misericordia" (publicada en el año 1980). Entre sus muchas reflexiones, el Papa indicaba que "la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre; el amor, al que «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del «reencuentro» de este Padre, rico en misericordia" (Dives in misericordia n. 13).
También el Papa Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas est, evidenció la grandeza y profundidad del perdón divino: "El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente, el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor" (Deus caritas est n. 10).


El misterio de la Cruz, de la misericordia, está presente en el sacramento de la Penitencia. Pero, de modo especial, en la Eucaristía. Allí no sólo recordamos, sino que participamos nuevamente en la entrega del Hijo al Padre, en la donación del Amor más grande, que por salvar al esclavo no dudó en entregar al Hijo, como recordamos en el solemne pregón que se canta en la Vigilia Pascual.
Con los ojos puestos en el Crucificado, que también es el Resucitado, podemos descubrir la maldad del pecado y la fuerza de la misericordia. Desde el abrazo profundo de Dios Padre nace en los corazones la fuerza que acerca al sacramento de la confesión, el arrepentimiento profundo que aparta del mal camino, la gratitud que lleva a amar mucho, porque mucho se nos ha perdonado (cf. Lc 7,37-50).

lunes, 23 de septiembre de 2013

San Pío de Pietrelcina

Blog de Tío Paco-Franjaoli-Franja

San Pío de Pietrelcina

Su cuerpo está incorrupto

Hoy, 23 de septiembre celebra la Iglesia la fiesta de S Pío de Pietrelcina. Un santo probado en lo humano hasta un grado heroico manifestádose de esta manera con su paciencia y aceptación de la voluntad de Dios y sin rebelarse nunca, una santidad tan grande, que culminó con el reconocimiento de su santidad, desués de su muerte, con su beatificación y canonización.

El domingo 16 de junio de 2002, el Sumo Pontífice pronunció, con emoción y dificultad, la fórmula de la canonización: «Declaramos y definimos que el Beato Pío de Pietrelcina es Santo y le inscribimos en el catálogo de los santos». Su fiesta será celebrada en toda la Iglesia universal el 23 de septiembre, fecha de su fallecimiento o "nacimiento para el cielo".

Acudamos a su intercesión para conseguir la fidelidad a nuestra fe cristiana, tan maltrecha en estos tiempos, y aquellos que hemos recibido la vocación sacerdotal le tengamos por modelo por su piedad en la celebración de la Eucaristía y en la administración del sacramento del Perdón. 
San Pio de Pietrelcina, ruega por nosotros.




El lunes, día 23, la Iglesia celebra la Memoria de San Pío de Pietrelcina. Don Jesús Martí Ballester, ha escrito especialmente para Betania, este precioso reportaje que esperamos sea del agrado de los lectores de nuestra página web.

San Pío de Pietrelcina
Por Jesús Martí Ballester
Ignoro si han sido proyectados en la pantalla grande, pero hay en el mercado videos de dos vidas de Santos, uno del Beato Juan XXIII y otro de San Pío de Pietrelcina. La entrada de uno y de otro video, nos prepara para dos vidas santas, pero cada una bien diferente. El niño que es Juan XXIII, todo serenidad; en la vida del niño que es Pío de Pietrelcina, se anuncia la tragedia; un niño deliciosamente candoroso, espantado huyendo de un perro que le persigue furibundo, presagiando acontecimientos extraordinariamente dolorosos y, a la vez, dotado de unos carismas impresionantes. El Rottweiler, estará presente durante toda la película, denotando la presencia feroz del maligno en la vida entera de aquel hombre elegido, calumniado en su comunidad, en su Curia Capuchina y en la cúpula más alta de la Iglesia. Todo nos lleva a deducir que Dios es un Artista formidable que no repite los clichés en sus criaturas y que, a la vez que nos destina a nuestras misiones respectivas, va preparando nuestra psicología y nuestros ambientes de manera admirable y que, después de acontecidos, nos inducen a admirar la sabiduría con que obra sus maravillas
LA PROPEDEÚTICA
Dios fue preparando a Pío de Pietrelcina. Los acontecimientos vitales extraordinarios de tan gran alcance que él tuvo que protagonizar, siempre llegan acompañados de una propedéutica anterior, como ocurrió con los niños de Fátima con la visión primera del ángel, con Santa Teresa de Jesús con su oración de unión, de quietud y éxtasis iniciales en privado, hasta llegar a sus levitaciones y transverberación; con San Francisco de Asís, quien antes de la impresión de las Llagas vivió dramas y Noches oscuras preparatorias del enorme acontecimiento, el más parecido al reservado para San Pío de Pietrelcina, que les hace más semejantes a Cristo crucificado. En 1910, Pío de Pietrelcina tuvo un éxtasis en el que sintió un dolor agudísimo en las manos y en los pies. En 1912, después de la misa sintió que le herían el corazón con un dardo de fuego, tan vivo y ardiente, que, según escribió a su director espiritual, pensó que se moría. Estos trances eran seguidos de noches oscuras del espíritu, profundas y negras, dolorosísimas. Corresponden al estadio de las Sextas Moradas de Santa Teresa.
El 30 de mayo de 1918, el Padre Pío recibe la herida de amor, que le hace exclamar: "¡Dios mío! ¡Bien mío!, ¿dónde estás? No te encuentro, no te conozco; pero no puedo dejar de buscarte, vida de mi alma, que se está muriendo! ¡Mi Dios y mi Todo! No puedo decirte otra cosa que ésta: ¿Por qué me has abandonado? Fuera de esto, yo ignoro todas las cosas. Hasta ignoro el vivir ya mi propia vida".
UN PERSONAJE CELESTE
El 5 de agosto de 1918, confesando a sus muchachos, de repente, se sintió dominado por el terror a la vista de un personaje celeste, que se le imprimió en la inteligencia. Tenía en su mano un instrumento como una larga lámina de hierro, con una punta muy afilada rematada en fuego. El personaje lanzó el arnés con gran violencia sobre el alma de Pío, que gritó con un desgarrado lamento, pues se sintió morir. Le dijo al niño que estaba confesando que se retirase porque se encontraba mal. Su relato reproduce al pie de la letra, la transverberación de Santa Teresa de Jesús, como la describe ella en el libro de la Vida: "Me veo sumergido en un mar de fuego; la herida, que sigue abierta, continúa siempre sangrando; ella sola me mataría”. Este martirio duró, sin interrupción, hasta la mañana del día 7. Le resulta imposible decir todo lo que sufrió en este tiempo. Sentía que le arrancaban las vísceras y que eran quemadas a fuego y hierro. Desde aquel día se sintió herido de muerte experimentando en lo profundo de su alma una herida que está siempre abierta y que le hace padecer continuos espasmos.
PIES Y MANOS TRASPASADOS Y MANANDO SANGRE
El 20 de septiembre de 1918, estando en el coro después de misa, entró en un sosiego como de un dulce sueño, envuelto en un silencio total; se apoderó de él una gran paz y abandono en un despojo total. Se vio ante un misterioso personaje de cuyos pies y manos manaba abundante sangre. Su vista le llenó de terror. Se sintió morir y parecía que el corazón se le salía del pecho. Desapareció el personaje y entonces se percató de que sus manos, pies y costado estaban traspasados y manaban sangre a borbotones. El dolor, los espasmos y la confusión que le acompañan, junto al derroche de sangre que mana de sus heridas, le hacen temer morir desangrado.
El Padre Pío dice: "Oraba y el gozo y el contento crecían en mí. Un gran resplandor golpeó mis ojos y se me apareció Cristo llagado. No me dijo nada y desapareció. Cuando volví en mí, me encontré caído en tierra, llagado, sangrando las manos y los pies y el corazón y no tenía fuerzas para levantarme. Arrastrándome como pude logré llegar a mi celda, atravesando el largo corredor. Todos los padres estaban fuera del convento; me acosté y pedí ver de nuevo a Jesús. Cuando entré dentro de mí y me di cuenta, miré despacio mis llagas y prorrumpí en himnos de adoración y acción de gracias".
LA ESTIGMATIZACIÓN COMO LA DE CRISTO
Su estigmatización tiene el mismo origen y el mismo fin que la de Cristo. El Amor. La salvación del mundo. Que los hombres lleguen al Reino de Dios. El amor al Reino: Esta es una frase fácil de pronunciar, pero difícil de entender tal cual la vive el corazón de un santo. Hoy decimos que todo puede ser amor del Reino y que todo es trabajar por el Reino y movilizamos organismos complicados, material de todas clases en favor de una idea más o menos digna. Pero a estos movimientos casi siempre les sobra nerviosismo y confusión interior. Rara vez hay en el fondo la firmeza sencilla y jugosa de la vivencia del amor. Por eso abortan o se quedan a mitad de camino tantas iniciativas emprendidas por amor del Reino, que hacen mucho ruido pero pocas transformaciones. Todo se queda en efectos humanos, resultados averiados, por la razón de que el fondo de las almas sólo lo toca Dios.
A IMAGEN DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
En agosto de 1224, Francisco se retiró con tres compañeros para ayunar cuarenta días. Durante el retiro los sufrimientos de Cristo se convirtieron en el tema de sus meditaciones. Mientras oraba tuvo la visión del serafín, y aparecieron en su cuerpo las señales visibles de las cinco llagas del Crucificado. Un día se le apareció un ángel y le dijo: "Vengo a confortarte y avisarte para que te prepares con humildad y paciencia a recibir lo que Dios quiere hacer de ti". "Estoy preparado para lo que él quiera", respondió. Por la mañana del 14 de septiembre, fiesta de la Santa Cruz, antes de amanecer, estaba orando de cara a Oriente, y pedía al Señor "experimentar el dolor que sentiste a la hora de tu Pasión y, en la medida de lo posible, aquel amor sin medida que ardía en tu pecho, cuando te ofreciste para sufrir tanto por nosotros, pecadores"; y también, "que la fuerza dulce y ardiente de tu amor arranque de mi mente todas las cosas, para yo muera por amor a ti, ya que tú te has dignado morir por amor a mi". De repente, vio bajar del cielo un Serafín con seis alas. Tenía figura de hombre crucificado.
Francisco quedó absorto, sin entender nada, envuelto en la mirada bondadosa de aquel ser, que le hacía sentirse alegre y triste a la vez. Y mientras se preguntaba la razón de aquel misterio, se le fueron formando en las manos y pies los signos de los clavos, tal como los había visto en el crucificado. No eran llagas o estigmas, sino clavos, formados por la carne hinchada por ambos lados y ennegrecida. En el costado se abrió una llaga sangrante, que le manchaba la túnica y los calzones. Explicaba fray León que el fenómeno fue más palpable y real de lo que muchos creen, y que estuvo acompañado de otros signos extraordinarios corroborados por testigos, que creyeron ver el monte en llamas, iluminando el contorno como si ya hubiese salido el sol. Algunos pastores de la comarca se asustaron, y unos arrieros que dormían se levantaron y aparejaron sus mulas para proseguir su viaje, creyendo que era de día.
El Hermano León nos ha dejado con la bendición autógrafa del santo, que se conserva en Asís, una narración simple y clara del milagro. Describe el costado derecho del santo como mostrando una herida abierta por una lanza, mientras que sus manos y pies estaban atravesados por clavos negros de carne, cuyas puntas estaban dobladas hacia atrás. Después de recibir los estigmas Francisco sufrió dolores cada vez mayores en todo su cuerpo frágil, ya de por sí debilitado por la continua mortificación. La diferencia de época, inicios del siglo XIII, creyente, religioso y sacralizado, le ahorrará a Francisco lo que el positivismo racionalista del siglo XX atormentó a Pío de Pietrelcina.
EL AMOR AL REINO COMO FIN
Cuando un Santo realiza una obra grande, siempre le mueve el amor al Reino. Unas veces por su elección y características de su personalidad, otras veces por pura y extraordinaria disposición divina. En uno y en otro caso el santo se sitúa allí donde sabe que pasan las almas de los hombres. Las almas y el ambiente van metidos en su carne y son los que desencadenan la acción. Cuando se trae en la carne propia un destino salvador de si mismo y de los que le rodean, la acción no puede estar pendiente de un suceso extraño que surja de improviso, pero el gran apostolado, la acción poderosa sobre las almas, sólo se ejerce desde el amor, amor que es olvido de sí, amor que es caridad de filigrana, amor que es valoración de los demás, amor que es gratitud, generosidad, donación y no búsqueda de medros ni sociales ni populares ni eclesiales, amor que no es trepa, que no es buscador de sus alabanzas y negación de las estimulaciones a los hermanos.
Dicen que para que no sucumban a las tentaciones de vanidad y es mentira, porque si hay caridad de verdad hay que saber que son más numerosas las tentaciones de desaliento que necesitan estímulo y reconocimiento, que las de vanidad. Y se sumergen en el silencio. Silencio porque la palabra que alaba nos parece que si la damos a los demás, nos la restamos a nosotros. Llega el ostracismo. Lo que no se alaba no existe, y la indiferencia, si no la malquerencia y la rivalidad, intentan eso infantilmente, que el mérito no exista. Y el apostolado, en este caso, es sólo apariencia, no realidad. Y por ese camino se acaba en el desierto.
SALVAR ALMAS
Salvar almas por el amor y con el sacrificio es muy lento costoso, angustioso y doloroso. Hay que preparar el instrumento, pulirlo, purificarlo, sanarlo, santificarlo. Sólo el instrumento identificado con el Agente de la salvación por la gracia que es Dios, puede hacer las grandes obras de Dios. De no ser así, sólo se consiguen chapuzas. Hacer milagros para atraer a la gente, u organizar actos folklóricos para que nos sigan, sería tentar a Dios. Jesús, frente a esta seducción, que tanto atraía a sus contemporáneos e incluso a sus discípulos, acepta el plan del Padre: el mesianismo doliente, profetizado por Isaías, con los medios humildes y pobres propios del Reino de Dios. Es la tentación del exhibicionismo, tan frecuente en los que están empeñados en algún apostolado. Manifestarse. Dispuestos a gestos brillantes y espectaculares, a dejarse llevar en olor de popularidad; rehuirán todo lo que sea trabajo oscuro, anónimo, abnegado, silencioso. Dispuestos a llevar la bandera, pero remisos a cargar con la cruz.
NO A LOS ÉXITOS FÁCILES
El evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. ¿Sal o azúcar? ¿Hay que eliminar la cruz para hacer un cristianismo más fácil? "Cuando la verdadera doctrina es impopular, no es lícito buscar una fácil popularidad" (Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza). Es la tentación que sufrirá ya en la cruz: "Baja para que creamos en ti". "Todo esto te daré"... Si te ven sentado en un trono de oro, te seguirán los hombres mejor que si te ven en la cruz... Es la tentación de la idolatría; y la del mesianismo triunfalista, humano y terreno. Si en las otras tentaciones no ha conseguido Satanás que Cristo rebaje su mesianismo al simple materialismo de un reformador social, o al brillo de un milagrero, intenta ahora que se limite al puro poder humano. Que se contente con el mundo y se olvide de las almas: Da mihi coetera, animas tolle". Los reinos de la tierra están fundados en la fuerza y se mantienen con la mentira. ¿Cuántas veces se ha creído que el poder, el dinero, el dinero, eran caminos apostólicos?
PAGAR EL PRECIO
Pero no vamos a ser tan ingenuos de pensar que las multitudes que llenaban la plaza de San Pedro hasta el Tíber eran movidas por la veneración de las llagas del Padre Pío. Son los innumerables milagros suyos, los favores que las almas han recibido y reciben. Después de multiplicar los panes el pueblo de Israel quiso aclamar Rey a Jesús. Pero son menos los que le siguen desinteresadamente y se detienen a pensar que tantos milagros y misericordia y frutos de su apostolado han sido comprados con sangre humana, lágrimas de un hombre, sufrimientos indecibles de una persona doliente durante su larga vida Me parece que son pocos los cristianos dispuestos a pagar el precio de la extensión del reino de Dios, aunque no sea tan alto como el que pagó San Pío de Pietrelcina y, más aún, el Maestro, el Crucificado del Calvario.
Quizá se busca el Reino, pero también el éxito y el triunfo. ¿Somos capaces de posponer nuestro medro personal al éxito del Reino? Nos hemos creado un cristianismo fácil y acomodaticio, y esto ya viene de lejos. Cuando Lutero comienza en el siglo XVI la Reforma, lo primero que suprime es el sacrificio de la Misa. Cristo nos ha redimido y ha pagado por todos en la Cruz. La Redención ha sido hecha para siempre, pero eso ya ha pasado. A continuación abolirá el celibato sacerdotal, comenzando él a dar ejemplo sacando a Catalina Bora del Convento para casarse con ella. Sembrada la semilla las cosechas se multiplicarán, sobre todo las más halagadoras del hombre terreno. Pagar el precio del pecado cuando hay un eclipse de pecado resulta una acción innecesaria y escasamente rentable en los enteros de la vida actual.
SUPLO EN MI CARNE
Nunca debemos olvidar que San Pablo nos enseña cómo supera él con alegría sus tribulaciones: “Suplo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo”. ¿Es que no fue completa? –Superabundante. – Pero en la cabeza, y ahora es a nosotros, los miembros de esa cabeza a quienes nos corresponde ayudarle a corredimir las almas del pecado con nuestros propios padecimientos por su amor y el de los hombres, que nos vendrán dados o que con generosidad habremos de proporcionarnos nosotros de acuerdo con nuestro diligencia amorosa.
Los dolores del Padre Pío, no son sólo fisiológicos e incómodos. Sus llagas no estaban allí de adorno. Su sufrimiento misterioso, es una participación del de Cristo agonizante. Es un miembro eminente de la Iglesia que compadece con el Redentor y que con El redime. Su eficacia en el Cuerpo Místico de Jesús es enorme. Visiblemente contemplamos el día de su canonización la extensión, si no la intensidad de su dimensión. Ejemplar lección para este mundo nuestro de eficacia y de ejecución, que sólo cuenta lo que aparece y lo que se ve y lo que se cuenta. El Padre Pío de Pietrelcina, "el pobre fraile que reza", completa en su cuerpo lo que le falta a la Pasión de Cristo, porque lleva en su carne las llagas de su Señor Jesús, que se actualiza cada día en la celebración de la Eucaristía.
EL CALVARIO Y LA MISA
Por eso, Benedicto XVI, en el Año dedicado a la Eucaristía, nos invita a meditar en el profundo e indisoluble lazo que une la celebración eucarística con el misterio de la Cruz. Cada misa actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota y a la hora de la muerte en la cruz, según la encíclica «Ecclesia de Eucharistia» «vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella» (4). La Eucaristía es el memorial de todo el misterio pascual: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al cielo, y la Cruz es la manifestación impactante del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios ha salvado al hombre y al mundo del pecado y de la muerte. Después de la consagración, la asamblea de los fieles, consciente de estar ante la presencia real de Cristo crucificado y resucitado, aclama: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!».
Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, junto a Tomás, llena de maravilla, puede repetir: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria como la Cruz, que no es un incidente en el camino, sino el pasaje por el que Cristo entró en su gloria y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad. Por este motivo, la liturgia nos invita a implorar con esperanza confiada: ¡Quédate con nosotros, Señor, que por tu santa cruz has redimido al mundo! “La mayor caridad es arrancar almas atraídas por Satanás y ganarlas para Cristo”...
LAS MISAS MISTERIOSAS DEL PADRE PÍO
Nadie mejor que María nos puede enseñar a comprender y a vivir con fe y amor la santa Misa, uniéndonos al sacrificio redentor de Cristo. Cuando recibimos la comunión, como María y unidos a ella, nos abrazamos al madero que Jesús con su amor ha transformado en instrumento de salvación y pronunciamos nuestro «amén», nuestro «sí» al Amor crucificado y resucitado. Siempre eran impresionantes las misas del Padre Pío. Duraban hasta tres o cuatro horas y la Jerarquía hubo de intervenir para ponerle tasa que él con gracejo respondió que en el Calvario no había relojes. Sus lágrimas y sollozos eran constantes, como lo fueron los del cura de Ars y antes los de San Ignacio de Loyola. Hoy cualquier neurólogo o psiquiatra diagnosticaría depresión, neurastenia o psicopatía. Pero como María estuvo en el Calvario ante su Hijo crucificado y agonizante, está también llorosa con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en nuestras celebraciones eucarísticas («Ecclesia de Eucharistia», 57).
CALVARIO EXTERNO
A pesar de que el doctor Fiesta publica el libro: "Entre los misterios de la ciencia y las luces de la fe", el carácter sobrenatural de los estigmas de Padre Pío"... El Papa Benedicto XV y el Santo Oficio envían a San Giovanni Rotondo, observadores de confianza. El 20 de marzo de 1920, llega por orden de Papa, el arzobispo de Simla, Anselmo Eduardo Kenealy, desconfiado de las manifestaciones místicas. Al término de la visita, escribe: “He venido, he visto y he sido vencido”. En San Giovanni Rotondo tenemos un verdadero santo, privilegiado por Dios con las cinco llagas de la pasión y con otros regalos que leemos en la vida de los grandes santos. No hay la mínima afectación en el comportamiento o en la conversación del Padre Pío. Es observante y laborioso, recibe grandes regalos del Dios. Sabe sufrir, y también sabe sonreír.
LA GRAN PRUEBA
Sobre el estigmatizado se acumulan las nubes de la gran "Prueba". Satanás se prepara a desencadenar un violento ataque sobre el débil, enfermo, doliente Padre Pío. El 18 de abril de 1920 llega a San Giovanni Rotondo el padre Agustín Gemelli, fraile franciscano, médico, psicólogo, científico de fama mundial, que ha fundado en Milán, la universidad del Sagrado Corazón. Se encuentra con el padre Pío y recibe una favorable impresión y escribe: "Cada día constatamos que el árbol franciscano da nuevos frutos y esto es el consuelo más grande para quien se alimenta y vive de este maravilloso árbol". Pero su actitud cambia cuando no le dejan ver y examinar como médico, los estigmas del padre Pío sin un permiso del Papa. Decepcionado e irritado, vierte afirmaciones imprudentes en una publicación sobre los estigmas de San Francisco, sobre el fraile estigmatizado de Pietrelcina y manifiesta juicios discutibles sobre él, azuzando, durante años disputas, polémicas, juicios superficiales, incredulidad y escepticismo sobre sus estigmas, sus fenómenos de bilocación, el perfume de violeta, de rosas y otras flores que le acompaña. Con las intervenciones del padre Gemelli, la actitud de las autoridades eclesiásticas empieza a cambiar hacia el padre Pío. En enero 1922, muere el Papa y le sucede Achille Ratti, Pío XI, milanés, amigo del Padre Gemelli. Fue tal la prueba que el padre Pío confiesa: “Estoy extremadamente amargado y si Jesús no viene pronto en mi ayuda veo que tendré que sucumbir bajo la prueba"
SUSPENDIDO A DIVINIS
Desde el 31 de mayo de 1923 hasta el 16 de julio de 1933 el Padre Pío permanece, con intermitencias, suspendido a divinis por el "Santo Oficio", a pesar de que Pío XI, ante la extrañeza de su bilocación ante él, pues mientras hablaba con algunos cardenales y prelados sobre la decisión de "suspenderle a divinis", entró de repente, en el estudio del Papa, un fraile capuchino. Todos se miran y el mismo Papa se pregunta quien le ha dejado entrar. El fraile se acerca al Pontífice, se arrodilla, le besa el pie y le dice: "Santidad, por el bien de la Iglesia, no permita esto". Se levanta, va hacia la puerta y sale. El Papa ordena a su secretario preguntar a todas las personas para descubrir porque aquel fraile ha entrado sin haber sido detenido. Pero ni los conserjes, ni los guardias, ni los secretarios han visto ningún fraile.
El Papa encarga al cardenal Silj, amigo y admirador de padre Pío, que pregunte al superior del convento de San Giovanni Rotondo, si tal día y la misma y a tal hora el padre Pío ha salido del convento. El Padre Pío no ha dejado el convento ni un instante. Al oírlo el Papa dice: "Aquí está el dedo de Dios". A pesar de ello, el 23 mayo de 1931 el Santo Oficio dicta: "Al Padre Pío de Pietrelcina le son retiradas todas las facultades ministeriales menos la de celebrar la Misa, pero sólo dentro del convento, sin participación de fieles". Dócil, acepta con paciencia y resignación, consciente que en los Superiores se manifiesta la voluntad de Dios. Satanás se ha aprovechado de las estructuras eclesiásticas para tratar de derribar a este sacerdote. Era demasiado peligroso para el demonio el ministerio sacerdotal de este gigante de la historia de la Iglesia, en quien se repite el caso del Cura de Ars. Hay un duelo feroz entre Satanás y este humilde ministro de Dios, que ha reconciliado, durante más de sesenta años, a millares de pecadores con Dios Misericordioso. El Padre Pío se dedica a la oración y el estudio. Celebra la Misa que duras dos horas…y hasta cuatro. En el Calvario, dice, no había relojes. Se dedica al estudio. Lee la Divina Comedia, la Historia de la Iglesia de Rohrbracher, otros textos clásicos de espiritualidad y los Padres de la Iglesia.
Se manifiesta: sereno y tranquilo. Come poco y no cena nunca, por la mañana no desayuna ni toma el café. Los estigmas le causan pérdida continua de sangre, un vaso pierde cada día. Le resulta doloroso caminar por los estigmas de los pies. Le ven en el coro rezar, y que a menudo se seca las lágrimas. La figura dulce y tierna de su hija espiritual predilecta, Cleonice Morcaldi, que renunció al matrimonio dirigida por el Padre Pío a la santidad, es su consuelo Durante el período del castigo del Padre Pío, una de las pocas personas que pudo verlo cada día era Pedro el ciego, a quien Cleonice le entregó una carta para el Padre, confirmándole que ella y sus otras hijas espirituales están serenas y llevan con paz la cruz de su separación. Cleonice Morcaldi describe la desolación en que viven por la separación del Padre Pío: Le destituyeron del cargo de Director de la Tercera Orden franciscana. Trasladaron el colegio de los frailes a otro convento. Allí sólo quedó el Padre Superior y otro fraile. Las hijas espirituales de San Giovanni Rotondo ya no subieron al convento. Y la dulce víctima quedó sola, como Jesús en el desierto, en el huerto, en el Calvario.
MEDIO MILLÓN ASISTEN A LA CANONIZACIÓN
Para Juan Pablo II canonizar al padre Pío fue una satisfacción personal, pues siendo joven sacerdote en 1947, visitó al capuchino y se confesó con él; le visitó otras dos veces en San Giovanni Rotondo, siendo cardenal de Cracovia en 1974 y siendo Papa, el 23 de mayo de 1987. Desde Cracovia le había escrito dos cartas, pidiéndole oraciones para que Wanda Poltawska, conocida suya y madre de familia, fuera curada de cáncer; y agradeciéndole la "gracia recibida". El domingo 16 de junio de 2002, el Sumo Pontífice pronunció, con emoción y dificultad, la fórmula de la canonización: «Declaramos y definimos que el Beato Pío de Pietrelcina es Santo y le inscribimos en el catálogo de los santos». Su fiesta será celebrada en toda la Iglesia universal el 23 de septiembre, fecha de su fallecimiento o "nacimiento para el cielo".
Pero no vamos a ser tan ingenuos de pensar que las multitudes que llenaban la plaza de San Pedro hasta el Tíber lo hacían movidas por la veneración de las llagas del Padre Pío. Eran los innumerables milagros suyos, los favores que las almas habían recibido y reciben. Insisto; ¿cala el pensamiento de que tantos milagros y misericordia y frutos de su apostolado han sido comprados con sangre humana, lágrimas de un hombre, sufrimientos indecibles de una persona doliente durante su larga vida? ¿Estamos los cristianos dispuestos a pagar el precio de la extensión del reino de Dios, aunque no sea tan alto como el que pagó San Pío de Pietrelcina y, más aún, el Maestro, el Crucificado del Calvario? ¿O, por el contrario, buscamos el Reino, pero también nuestro éxito y nuestro triunfo? ¿Somos capaces de posponer nuestro medro personal al éxito del Reino? De todas formas, su apoteosis fue un plebiscito de cariño al que tanto debían y de cuyo dolor sigue viviendo la Iglesia que tiene una Cabeza coronada de espinas y el Corazón roto y sus miembros dolientes tratando de hacerse cada vez más conscientes por el estudio y la formación de su deber de suplir en su carne lo que le falta a la Pasión de Cristo.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

El Papa Francisco y Fátima

Blog de Tío Paco-Franjaoli-Franja
29 August 2013. Andrea Tornielli 
vaticaninsider.lastampa.it


La estatua de la Virgen dejará Portugal en octubre para llegar a Roma; el Papa quiere confiar el mundo al Corazón de María
      El próximo 13 de octubre, el día de la última aparición de la Virgen de Fátima, Papa Francisco confiará el mundo a María. Un acto que forma parte de las celebraciones para el Año de la Fe, que retoma los que hicieron sus predecesores, a partir de Pío XII hasta Juan Pablo II. Un acto que demuestra claramente la particular devoción mariana del Pontífice argentino.


      La estatua original de la Virgen de Fátima, que lleva todavía en la corona uno de los proyectiles que iban dirigidos en contra de Juan Pablo II en el atentado del 13 de mayo de 1981, llegará a la plaza San Pedro el sábado 12 de octubre por la tarde. Francisco estará esperando su llegada. Es la décima vez en poco menos de un siglo que la efigie mariana conservada en la capillita de las apariciones de Fátima deja el santuario portugués. Antes del anochecer, la estatua será llevada al santuario romano del Divino Amor, en donde habrá una vigilia de oración. El 13 de octubre por la mañana la estatua volverá a la plaza San Pedro, en donde, después del Rosario, el Papa celebrará una Misa y confiará el mundo a María.
      La primera de las consagraciones del mundo a la Virgen de Fátima se llevó a cabo durante el pontificado de Papa Pacelli. El 31 de octubre de 1942, en medio de la Segunda Guerra Mundial, Pío XII (hablando en portugués por la radio) consagró el mundo al Corazón Inmaculado e hizo una alusión velada a Rusia, según la petición que hizo la aparición a los tres pastorcillos de Fátima. Otra consagración también se llevó a cabo justamente en la plaza San Pedro y la hizo Juan Pablo II, el 25 de marzo de 1984, en un momento en el que la tensión sobre los misiles europeos era muy elevada.
      La estatua original volvió al Vaticano el 8 de octubre de 2000. En aquella ocasión, Juan Pablo II, ante la presencia de 1.500 obispos de todo el mundo, encomendó el nuevo milenio a la Virgen pronunciando frases que entonces (once meses antes de los hechos del 11 de septiembre de 2001) no fueron comprendidas. Dijo, de hecho, que la humanidad se encontraba en una encrucijada y que podía transformar el mundo en un jardín lleno de flores o en una montaña de escombros.
      Papa Francisco hizo una alusión a la estatua de la Virgen durante su primer Ángelus, el domingo 17 de marzo, cuando habló sobre una de las copias de la estatua que hizo un peregrinaje por el mundo: «Recuerdo, apenas obispo, en 1992, llegó a Buenos Aires la Virgen de Fátima y se hizo una gran misa por los enfermos. Yo fui a confesar a esa misa...». Francisco también recordó que una mujer anciana fue a confesarse y le dijo, sorprendiéndolo por la profundidad de su fe sencilla: «Si el Señor no perdonara todo, el mundo no existiría».
      Un mes después fue el patriarca de Lisboa, el cardenal José Policarpo el que anunció que Francisco le había pedido que consagrara su pontificado a la Virgen de Fátima: «Papa Francisco me pidió en dos ocasiones que consagrara su nuevo ministerio a Nuestra Señora de Fátima». El acto de consagración se llevó a cabo el 13 de mayo. «Estamos todos a tus pies, los obispos de Portugal en compañía de esta multitud de peregrinos, en el 96 aniversario de tu aparición a los pastorcillos−recitó Policarpo− para llevar a cabo el deseo de Papa Francisco, claramente manifestado, de consagrar a ti, Virgen de Fátima, su nuevo ministerio de obispo de Roma y pastor universal».


      Francisco no tiene ningún problema a la hora de manifestar públicamente su apego mariano, como lo demuestran las cinco visitas que ya hizo para rezar en la Basílica de Santa María Mayor. La primera fue el 14 de marzo, inmediatamente después de la elección, para ofrecer un ramo de flores al icono de la Salus Populi Romani y pedir su protección para la ciudad de Roma.
      El Papa después volvió el 4 de mayo para recitar el rosario, y volvió a ir el día de la fiesta del Corpus Domini, al final de la procesión. Francisco quiso recogerse en oración ante el icono de la Salus Populi Romani poco antes de partir hacia Río de Janeiro, cuando encomendó a la Virgen la Jornada Mundial de la Juventud. El 29 de julio, acabando de llegar al aeropuerto de Ciampino desde Río, pasó nuevamente para una oración de agradecimiento.
      Entre las devociones marianas más entrañables para el Papa destaca una que él mismo ayudó a difundir por Argentina, la de María la que desata los nudos. Una devoción que nació con una imagen votiva bávara de 1700 (Maria Knotenlöserin) y que ahora se conserva en una capilla de la Iglesia románica de San Peter en Perlach, de la que se ocupan los jesuitas en el corazón de Agsburg, Barviera.
      En este lugar, recordó Stefania Falasca en el periódico Avvenire, durante sus estancias de estudio en Ingolstadt, el padreBergoglio descubrió el icono. Volvió a Argentina y comenzó a divulgarlo. Como auxiliar en Buenos Aires se encargó de que se le dedicara un santuario a esa efigie. Y como arzobispo inauguró varias capillas dedicadas a la Virgen y adoptó, si se puede decir, su imagen como “tarjeta de presentación” que incluía en su correspondencia. La Virgen aparece representada tratando de deshacer los nudos (grandes y pequeños) de una cinta que le ofrecen algunos ángeles.
Andrea Tornielli

viernes, 23 de agosto de 2013

Eucaristía: el Misterio de Fe.

Blog de Tío Paco-Franjaoli-Franja
El sacerdocio católico es para la Eucaristía 
y para los demás sacramentos de la Iglesia. 
La Eucaristía es el centro y raíz de la vida cristiana.


Eucaristía: el Misterio de Fe
Es un Pan que se ofrece, una Sangre que se derrama y limpia, una Presencia que conforta y consuela.
Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
¿Por qué llamamos a la Eucaristía Misterio de Fe
Porque la Eucaristía requiere y presupone la fe.


Se nos dice que es Cristo quien celebra la Eucaristía, y vemos a un hombre subir las gradas del altar, y oímos una voz humana, y vemos un rostro humano y unas facciones humanas. ¡Qué fe!


Se nos dice que asistimos al Calvario, al Viernes Santo, y vemos unas paredes frías, unos bancos o sillas. ¡Qué fe!


Se nos dice que Dios nos habla en las lecturas, y escuchamos una voz humana, a veces femenina, a veces masculina. ¡Qué fe!


Se nos dice que todos los ángeles asisten absortos y comparten nuestra misa, alrededor del altar, y nosotros sólo vemos unas velas, un mantel y unos monaguillos, y gente de carne y hueso. ¿Dónde se han escondido los ángeles? ¡Qué fe!


Se nos dice que Dios está real y sacramentalmente ahí presente, bajo las especies del pan y vino, y nuestros ojos no ven nada, sólo oímos una voz humana, a veces entrecortada por sollozos o por algún ruido de niños. ¡Qué fe!


Se nos dice que, después de la consagración, ese trozo de pan que vemos es el Cuerpo de Cristo, y nos sabe a pan, y sólo a pan, y vemos pan, sólo pan. Y sin embargo, ¡es verdaderamente el cuerpo de Cristo! ¡Qué fe!


Se nos dice que somos una comunidad de hermanos, y vemos a veces a gente extraña, que ni siquiera conocemos y con la que no siempre estamos en plena comunión. ¡Qué fe!

Se nos dice que la Misa termina en misión, y resulta que yo termino igual, vuelvo a casa a hacer lo mismo de siempre, a la rutina de siempre, a las penas de siempre, a los sufrimientos de siempre.
Sí, la eucaristía es un misterio de fe. Y sólo quien tiene fe, podrá entrar en esa tercera dimensión que se requiere para vivirla y disfrutarla.


¿Cómo preparó Cristo a sus discípulos para la eucaristía, misterio de fe?

Primero en Cafarnaúm les hizo la promesa. Después en Jerusalén, en el Cenáculo, la institución. Allí hizo realidad la gran promesa.
Lo veían día a día entregado a los demás. Se hacía pan tierno para los niños, consuelo para los tristes, consejo para los suyos, médico para los enfermos. Jesús vivía a diario las exigencias de la eucaristía. Donación y banquete que alimenta, sacrificio que se ofrece, presencia que consuela.


La Eucaristía no son ideas bonitas, no son discursos demostrativos. Es un Pan que se ofrece, una Sangre que se derrama y limpia, una Presencia que conforta y consuela. Y esto fue Cristo durante su vida aquí, en la tierra, y hoy, en la eucaristía, en cada Sagrario. Y, mañana, en el cielo.
Llegó el día de la gran promesa que narra San Juan en el capítulo 6 de su evangelio: Yo soy el Pan vivo; quien me come, vivirá. El pan que les daré es mi carne, para la vida del mundo. Sonaba duro: comer su carne, beber su sangre, no estaban acostumbrados a ese lenguaje.


¿Cuál fue la repuesta de los oyentes?

La incredulidad. Muchos le abandonaron, les parecía un escándalo, les parecía una irracionalidad, les parecía un canibalismo. ¡Esto es insoportable! Este rechazo fue ciertamente una profunda desilusión para Jesús.
Miró a sus Apóstoles, esperando encontrar en ellos la fe, la adhesión, el afecto: ¿También vosotros queréis marcharos?. Jesús estaba dispuesto a dejarlos irse si no creían en la eucaristía, que acababa de anunciarles. Es que no es posible seguir a Cristo sin creer en la eucaristía.


Afortunadamente, la confesión de Pedro, en nombre de todos, permitió a los apóstoles continuar en el seguimiento del Maestro. Jesús siempre exigió la fe en la eucaristía. Sólo con la fe y desde la fe, comulgando obtendremos los frutos que Él nos quiere dar. Si no, sólo recibimos un trozo de pan, pero sin ningún fruto.
La Eucaristía requiere un impulso de fe siempre renovado. Hay que dar un gran salto, de lo visible a lo invisible. Esto se da en cada Sacramento. Ese salto es la fe.
Jesús pidió fe a sus primeros seguidores. ¿Acaso queréis iros? Renovemos nuestra fe cada vez que vivamos la eucaristía. Señor, creemos, pero aumenta nuestra credulidad. Creemos, pero queremos crecer en nuestra fe.

Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net

Y no seamos nunca como el fariseo del evangelio.
El publicano salió justificado y el fariseo no. 
No nos merecemos la Eucaristía.
 Es un misterio de amor, que muchas veces no es correspondido.
Franja


Cantemos al amor de los amores...



ALMA DE CRISTO...SANTIFÍCAME


jueves, 8 de agosto de 2013

La Misa y el trabajo de cada día.

Blog de Tío Paco-Franjaoli-Franja
La Misa y
El trabajo de cada día unido a la ofrenda del altar
El lugar de encuentro de los católicos en la red
Nuestra ofrenda a Dios en la Misa
Cuando vamos a la Misa, nosotros llevamos al altar nuestra vida entera, para ofrecerla con el vino y el pan.
Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
-¿Es cierto que el trabajo puede ser llevado al Altar como hostia personal nuestra?...
Todas las religiones han tenido siempre su centro en el altar. Todas han expresado el culto a Dios con el sacrificio. Las víctimas inmoladas --normalmente animales de uso doméstico--, eran la expresión del dominio de Dios sobre todas las criaturas.
El Cristianismo no es una excepción, y todo él converge en Jesucristo que se inmola en el altar de la Cruz.
Después, resucitado, el mismo Jesucristo --que en el Cielo está como víctima glorificada-- se hace presente en nuestros altares.
La Iglesia, entonces, no ofrece ni ofrecerá jamás otro sacrificio que el de Cristo, el que murió en el Calvario y el que ahora está a la derecha de Dios. Esto es el sacrificio de la Misa. 
(Renovación, actualización del Sacrificio de la Cruz, por el ministerio del sacerdote, que actúa "In persona Christi". Es el mismo Sacrificio del Calvario.)
Pero, dirán algunos:
- Muy bien, ése es el sacrificio de Cristo. ¿Y el sacrificio personal mío, el que pueda ofrecer yo a Dios, dónde está?... Si Dios no acepta otro sacrificio que el de Jesús, ¿yo, qué puedo hacer?...

La pregunta es muy legítima. Y quién sabe si la respuesta a esta pregunta inquietante nos la dio, y muy acertada, aquel muchacho que trabajaba duro en el taller. El hierro era resistente, pero salía de la fragua, y del torno después, convertido en una pieza maestra, que, levantada a lo alto, le hacía exclamar al simpático obrero:

- ¡Qué hermoso es un eje bien hecho! Me parece que hay en él algo de Dios. Es un poco mi propia hostia.

¡Bien dicho! Cuando vamos a la Misa, no podemos ir con las manos vacías. Si no llevamos algo de la propia vida, algo que nos cueste, algo que signifique sacrificio, dolor, esfuerzo, lucha, deber..., asistiríamos --sólo asistiríamos-- al sacrificio de Cristo, pero no participaríamos en él.
Es decir, no tendríamos ninguna parte nuestra, porque no habríamos llevado nada nuestro para ofrecerlo a Dios. Para que sea sacrificio de Cristo y nuestro, hemos de aportar algo de la propia vida.
Cuando vamos a la Misa, nosotros llevamos al altar nuestra vida entera, para ofrecerla con el vino y el pan, que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, en un solo sacrificio para gloria de Dios.
Allí está nuestra oración, hostia de alabanza, salida de labios limpios, nos dice la misma Biblia. ¡Qué sacrificio tan inocente y tan bello!...
Allí está nuestra pureza de vida, nuestros cuerpos que se ofrecen como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como nos enseña San Pablo. ¡Bendita castidad la de los cristianos!...
Pero llevamos al altar, de modo especial, nuestro trabajo de cada día. En la Misa dominical, llevamos el de la semana entera. El trabajo que nos cansa, que nos rinde, que nos hace sudar, que nos aburre muchas veces. Ese trabajo es nuestra cruz, y es por eso también la gran aportación nuestra al sacrificio de Cristo.
Ese problema tan grave de nuestros días, la llamada cuestión social, se ha centrado siempre en la relación trabajo-capital. El capital mandaba, pues tenía todos los resortes en sus manos. Pero los obreros supieron salir por sus derechos, conculcados por los más fuertes. Se creó así una insostenible situación de injusticia y de violenta reacción. Al mantenerse firme el uno, y al verse desatendidas las legítimas reclamaciones de otros, ha venido tanta revolución, tanta guerra, tanta sangre.
Lo lamentable ha sido que en toda la cuestión social se ha tenido marginado a Dios. Los del capital, en la práctica de su religión, no ofrecían a Dios la hostia de su justicia, de su amor, de su caridad. Y los trabajadores, desdeñados, dejaron de mirarse en el Obrero de Nazaret, que nos descubrió a todos desde su taller dónde están los verdaderos valores de la vida.
 
El trabajo bien hecho --no el flojo y desganado del perezoso--, es una obra de Dios, al que prestamos nuestras manos para que Él siga realizando su tarea creadora.
El trabajo bien realizado por nosotros no se diferencia del de Jesús, el Carpintero de Nazaret, que decía de sí mismo:
- Yo trabajo, como trabaja siempre mi Padre.
Si nuestro trabajo es como el de Cristo, y el de Cristo como el del Padre, estemos seguros de que no podemos escoger para el altar una hostia propia nuestra, ni más agradable a Dios, como ese trabajo de cada día, hecho con la misma perfección del mismo Cristo y del mismo Dios....
Hebr. 13, 15. Rom. 12, 1. Jn. 5,17.