Homilías del Papa y Temas sacerdotales
Día litúrgico: Domingo XX (B) del tiempo ordinario
Día 19 de agosto 2018
Texto del Evangelio (Jn 6,51-58): En aquel tiempo, Jesús dijo a
los judíos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan,
vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del
mundo». Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a
comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis
la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en
vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le
resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre
verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo
en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre,
también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como
el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para
siempre».
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan,
vivirá para siempre»

Hoy continuamos con la lectura del Discurso del pan de vida que
nos ocupa en estos domingos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo» (Jn 6,51).
Tiene una estructura, incluso literaria, muy bien pensada y llena de ricas
enseñanzas. ¡Qué bonito sería que los cristianos conociésemos mejor la Sagrada
Escritura! Nos encontraríamos con el mismo Misterio de Dios que se nos da como
verdadero alimento de nuestras almas, con frecuencia amodorradas y hambrientas
de eternidad. Es fantástica esta Palabra Viva, la única Escritura capaz de
cambiar los corazones.
Jesucristo, que es Camino, Verdad y Vida, habla de sí mismo
diciéndonos que es Pan. Y el pan, como bien sabemos, se hace para comerlo. Y
para comer —debemos recordarlo— hay que tener hambre. ¿Cómo podremos entender qué
significa, en el fondo, ser cristiano, si hemos perdido el hambre de Dios?
Hambre de conocerle, hambre de tratarlo como a un buen Amigo, hambre de darlo a
conocer, hambre de compartirlo, como se comparte el pan de la mesa. ¡Qué bella
estampa ver al cabeza de familia cortando un buen pan, que antes se ha ganado
con el esfuerzo de su trabajo, y lo da a manos llenas a sus hijos! Ahora, pues,
es Jesús quien se da como Pan de Vida, y es Él mismo quien da la medida, y
quien se da con una generosidad que hace temblar de emoción.
Pan de Vida..., ¿de qué Vida? Está claro que no nos alargará ni
un día más nuestra permanencia en esta tierra; en todo caso, nos cambiará la
calidad y la hondura de cada instante de nuestros días. Preguntémonos con
honestidad: —Y yo, ¿qué vida quiero para mí? Y comparémosla con la orientación
real con que vivimos. ¿Es esto lo que querías? ¿No crees que el horizonte puede
ser todavía mucho más amplio? Pues mira: mucho más aun que todo lo que podamos
imaginar tú y yo juntos... mucho más llena... mucho más hermosa... mucho más...
es la Vida de Cristo palpitando en la Eucaristía. Y allí está, esperándonos
para ser comido, esperando en la puerta de tu corazón, paciente, ardiente como
quien sabe amar. Y después de esto, la Vida eterna: «El que coma este pan
vivirá para siempre» (Jn 6,58). —¿Qué más quieres?
Estampa del Recordatorio de la Primera Misa