Homilías del Papa y Temas sacerdotales

1.- EL ATRIO DE NUESTRA FE
Por Javier Leoz
La cuaresma, como camino que conduce hacia la Pascua, pretende
con medios tan esenciales como sencillos (oración, austeridad o caridad)
revestirnos de un espíritu que nos lleve a celebrar intensamente y en verdad la
Semana Santa. Sin complejos y sin añadidos. No es la fe la que, a lo largo de
la historia, ha disfrazado con elementos secundarios nuestra vivencia de Dios.
Es el hombre, somos nosotros –unas veces con acierto y otras con no tanto- los
que hemos rodeado nuestra confianza en Dios con aspectos que, tal vez,
necesitan alguna revisión y que a menudo generan críticas: lo comercial no es
bueno en las cosas de Dios.
1.- Que Dios no necesita ningún espacio sagrado es verdad.
Cuántos templos llenos y, en contraposición, cuántos corazones no tocados por la
gracia. Embelesados por la belleza, por las formas pero no despuntando hacia la
conversión.
El templo, desde el Bautismo, somos cada uno de nosotros. Y, ese
templo, es el que hemos de cuidar con la limpieza de una buena confesión, con
la pintura de una buena obra de caridad y con el mantenimiento personal a
través de la oración, la eucaristía o la contemplación.
2.- Con nuestras personas, con nuestros templos de carne y
hueso, puede ocurrir lo mismo que aconteció en el suceso evangélico que se nos
narra en este día: ¿Cómo nos encuentra Jesús? ¿De qué nos ve rodeados? ¿De
dinero? ¿De intercambios muy interesados? ¿Con un te doy para que me des? ¿De
negocios grandes o pequeños?
La respuesta, como siempre, nos la da la fe: apostar por Jesús
significa colocarle en el centro y, fuera de Él, no permitir que nada
distorsione nuestra fidelidad cristiana.
3.- Acostumbrados a una fe, excesivamente light, hemos de
reconocer que no nos cuesta esfuerzo alguno combinar las cosas de Dios con las
ofertas del mundo. Rebajar la exigencia de nuestra vida cristiana es fácil
pero, también es verdad, que ello nos embarca en una mediocridad peligrosa:
¿Qué es de Dios y qué es el del mundo?
Los mandamientos, que siguen siendo diez, dan sentido a nuestro
camino cristiano. El amor al prójimo, que es consecuencia lógica de nuestra
unión con Dios, es imperativo en el día a día. La oración personal (y no sólo
comunitaria) es síntoma de una fe saludable que, además, la fortalece cuando
–esa oración- (como decía Teresa de Jesús) nos lleva a caer en la cuenta de que
es estar con Aquel que decimos amar.
4.- Depurar nuestra praxis cristiana es muy difícil en estos
tiempos que nos toca vivir. Entre otras cosas porque la Iglesia, cada vez que
nos recuerda aquello que estorba en los atrios de nuestro pensamiento, de
nuestro corazón, de nuestro hablar o de nuestro comportamiento, es respondida
con críticas sobre su intrusismo o su poder mediático. ¿Es así? ¡No!
Simplemente nos recuerda lo qué es una vida cristiana diferenciándola de la
pagana.
En este tercer domingo de la cuaresma seamos conscientes de un
gran peligro que nos acecha: no somos ya nosotros los mercaderes en nuestro
propio templo. Es ya, la sociedad que nos rodea, la que intenta invadir y
torpedear los atrios de cada persona, de cada familia y de la moral colectiva
con sus propias pretensiones resumidas en una frase: ¡Todo vale! Y, eso, no es
bueno.
Quien tenga oídos…que oiga!

QUIERO SER TU TEMPLO, SEÑOR
5.- QUIERO SER TU TEMPLO, SEÑOR
Para que, en el sagrario
de mi corazón,
habites y hables dándome
el calor de tu Palabra.
Quiero, Señor, que
vuelques la mesa de mi orgullo
y sea dócil al soplo de
tu Espíritu.
Sí, Señor;
quiero ser un templo de tu presencia
para que levantes en mí
la verdad y la justicia
la paz y la alegría, el
amor y la misericordia.
Un edificio en el que
sólo tengas cabida Tú
y, donde las piedras,
tengan el sello del
perdón y la esperanza.
Un rincón en el que
puedas reinar
y sentirte a gusto, un
templo de tu propiedad.
Sí, Señor;
quiero ser un templo
del cual te puedas sentir
orgulloso,
en el que no exista
suciedad ni comercio alguno
en el que, Dios, quiera
siempre vivir y nunca marcharse.
Quiero ser tu templo, Señor
Edificado sobre tus diez
mandamientos
Señalado con la cruz
redentora
Fortalecido con la sabiduría
divina
Rejuvenecido por tu
Gracia.
Sí, Señor;
si Tú quieres
deseo y te pido me hagas
templo vivo
para que, un día y
contigo,
aun siendo destruido por
la muerte
pueda resucitar de nuevo.
Amén
Javier Leoz
El Sacrificio de la Misa