Homilías del Papa y Temas sacerdotales
OPINIÓN
Padre, ¿alguna vez te enamoraste?
Escrito por el Pbro. Leandro Bonnin
Marzo 17, 2017


Casi nunca nos preguntan a nosotros, a los que hemos optado por el celibato, ni
suele oírse la voz de un cura que esté encantado con su vida célibe
Cada tanto, el tema del Celibato sacerdotal se pone “de moda”,
ya sea en ambientes eclesiales o en otros más mundanos, a tal punto que incluso
en los sitios webs de los diarios, en los programas televisivos de chimentos o
en los matutinos radiales se habla de él.
Para abordar la cuestión, suelen llamar a muchos para opinar: a
psicólogos, a sociólogos, a historiadores de las religiones, a ex-sacerdotes,
sin que falte la opinión de las vedettes de turno o del presentador del
programa… Pero casi nunca nos preguntan a nosotros, a los que hemos optado por el celibato, ni
suele oírse la voz de un cura que esté encantado con su vida célibe.
Por este motivo, muchos cristianos, incluso con cierta
formación, desarrollan ideas equivocadas sobre el celibato sacerdotal. Llegan a
ver en el mismo únicamente una norma eclesiástica que se impone desde afuera,
una prohibición, una censura a lo más normal para un hombre, para un varón.
¿Qué tiene de malo el amor? ¿Acaso no es el centro de mensaje cristiano? En la
mente de muchos aparece asociada la palabra “celibato” a “negación del amor”.
“Prohibido amar”.
Dado este contexto, no es extraño que sobre todo los niños y los
jóvenes, cuando tienen oportunidad y con su habitual desparpajo, nos planteen
su interés del siguiente modo: ¿qué pasa si te enamorás? O, incluso, ¿alguna
vez te enamoraste?
Los documentos de la Iglesia han mostrado con belleza y
profundidad la falacia de oponer celibato y amor. Yo, con el paso de los años,
he ido encontrando mi propia respuesta, que se ha hecho más y más clara y que
hoy creo poder expresar con más soltura y hasta con cierta elegancia.
Es la respuesta que comparto aquí, y que estoy seguro puede ser
asumida por cientos de miles de curas y religiosas. Lo cuento más o menos así:
Desde niño siempre soñé con encontrar y tener:
a) Una hermosa y buena esposa a quien amar para toda la vida.
b) Muchos, muchos hijos a quienes querer y ayudar a ser felices.
En definitiva: soñaba con una familia, fundada en un amor
definitivo, perpetuo.
Pero entonces, ¿por qué me “metí de cura”, en esta institución
en la que “no te dejan casarte”?
Me “metí de cura”, y elegí ser célibe, por una única razón: por
el llamado de Jesús.
Porque el día en que supe que tenía que ser sacerdote, en ese
preciso momento, supe también que Jesús quería que le entregara toda mi vida,
todo lo que soy, todo mi futuro, todos mis sueños. Y esto, no por un tiempo,
sino para siempre.
Yo no soy célibe, entonces, porque “la Iglesia no me deja
casarme”.
Ni mucho menos me metí de cura porque no me “gustaban las
mujeres”, o porque “me dejó una novia”, o porque “nadie me daba ni la hora”
No. Me “metí de cura” por AMOR. Porque descubrí que un Amor
infinito me precedía, y ese Amor conquistó mi pobre corazón humano. Me enamoré
del amor, y elegí -decidí- amar con la totalidad.
Por eso entré en el Seminario -con certezas firmes, que se
fueron iluminando cada vez más y solidificando mejor-, y por eso, día tras día,
volví a elegir lo mismo que el primer día.
En el Seminario, lejos de presentarnos una realidad ficticia, de
ocultarnos las posibles dificultades, o hablarnos mal del matrimonio y de la
familia -todo lo contrario-, me dijeron bien clarito, una y otra vez: “el
Celibato es un don maravilloso, pero también es exigente. Si estás seguro,
adelante. Pero si no estás seguro, estás a tiempo“
Me enseñaron que para ser feliz siendo célibe (porque no se
trata de aguantar, sino de ser plenos) debía cuidar mi amor por el Señor. Que
si mi amor por Jesucristo se mantenía vivo -como en un matrimonio-, si
permanecía enamorado de Él, podía ser enormemente feliz, incluso teniendo que
renunciar a grandes bienes.
Me enseñaron -y acá viene lo más paradójico y maravilloso de la
vida célibe, lo que yo al principio no había imaginado y hoy disfruto- que si
vivía mi celibato como expresión de amor, si me abría a la acción de la Gracia
y del llamado que se perpetúa en el tiempo, se iban a colmar de modo
sobreabundante todos mis anhelos:
a) Iba a ser, verdaderamente esposo, como Jesús es esposo de la
Iglesia.
b) Iba a ser, verdaderamente padre, de muchos, muchísimos hijos,
a quienes querer y ayudar a ser felices.
Iba a tener una gran familia, fundada en un amor definitivo.
Y así lo vivo hoy.
Con la certeza de que no me “vendieron un buzón“, ni me
“metieron el perro“, diciéndome vaguedades o con falsos misticismos.
Pero todo es cuestión de Amor. En los días de mi sacerdocio
donde el amor por Jesús y mi intimidad con Él han permanecido fuertes, el gozo
es inabarcable. Increíble e inexpresablemente intenso. Una alegría del Cielo,
como sugiere la etimología de “celibato”
Y sólo en los días donde yo no supe ser perseverante en la
búsqueda de su Rostro, donde me aislé de la Gracia, donde anduve sin poner mi
norte y mi rumbo en Él, apareció la tristeza, como aparece en un hombre casado
cuando va descuidando el amor por su cónyuge.
Por eso las personas célibes, en la medida en que podemos vivir
de este modo, no somos “dignas de lástima”. No somos “pobrecitos” de la vida,
ni fracasados existenciales.
No somos más que una persona casada, pero tampoco menos, porque
el más o el menos no se mide por el estado de vida ni por la vocación, sino por
la Fidelidad.
Pero quizá alguno dirá: ¿no hace el celibato incompleta la vida
de una persona? ¿Cómo se puede ser padre, ser pastor, se maestro, permaneciendo
“fuera” de experiencias tan esenciales de la vida como son el matrimonio y la
familia?
El tiempo y la vida pastoral me han demostrado que el celibato,
lejos de alejarme de la realidad de las personas o de impedirme conocerla y
comprenderla, me permite observarla y abordarla desde un ángulo y con un
enfoque enormemente enriquecedor. Es cierto que esto lleva algunos años de
escucha y estudio que exceden los del Seminario, pero finalmente puedo decir
que en muchas ocasiones me puedo sentir un “experto en humanidad” y con una
mirada sobre la realidad humana mucho más realista. La vivencia del celibato
acarrea consigo en la mayoría de las ocasiones una apertura del corazón por
parte de los fieles más sincera, más espontánea y más fecunda que si no lo
fuera.
Por el gran don del celibato al que fui llamado, por tanta
alegría escondida y misteriosa fluyendo de esta fuente, hoy quiero nuevamente
dar gracias al Señor. Y quiero darle gracias a Dios por su Fidelidad, en la
cual mi fidelidad y la fidelidad de todos los consagrados es posible.
Y dar gracias también a tantos consagrados y sacerdotes que me
han mostrado, mucho antes de que yo fuera capaz de darme cuenta, que hay una
felicidad infinita en ser totalmente del Señor.
Con María, como María, desde el Corazón Inmaculado de María.
FUENTE: infocatolica.com
AUTOR: Leandro Bonnin
Sacerdote de la Arquidiócesis de Paraná, Argentina, actualmente
sirviendo a la diócesis de San Roque (Chaco)
Fue profesor de Liturgia y participó de la Junta de Educación
Católica. Autor de algunos libros, entre ellos “7 canastas. Catequesis sobre la
Santa Misa” y “24 Horas Santas con María”.
Puedes ponerte en contacto a través de correo leandrobonnin@yahoo.com.ar o en
Confeccionado por Franja.